¿Podrían las playas ser la respuesta al problema del calentamiento global? Eso es lo que propone el proyecto Vesta. Cubrir las costas con un mineral pulverizado, el olivino, para que este se descomponga con las olas del mar y la lluvia y atrape al CO2, fijándolo en el fondo del océano en forma de carbonatos, como la piedra caliza.

«Más del 99,9% del CO2 en la Tierra se almacena en la roca. Esto ocurrió durante miles de millones de años a través de un proceso conocido como el ciclo de carbonato-silicato. Cuando la lluvia cae sobre rocas volcánicas y las arrastra al océano, provoca una reacción que elimina el CO2 de la atmósfera lentamente y lo fija en roca», dice la organización sin ánimo de lucro que ha lanzado el proyecto.

Su objetivo: hacer un piloto en las playas del Caribe de bajo coste y probar que la llamada meteorización de minerales puede ser una buena alternativa para luchar contra el cambio climático. Es más, según afirma el grupo, que si se implementara su solución en solo el 2% de los mares, se podría capturar el 100% de las emisiones humanas anuales.

CO2

«El proyecto se inspira en los procesos naturales que ocurren desde siempre en la historia geológica de la tierra. Algunas rocas, especialmente ricas en silicatos, hierro o magnesio, y otros compuestos tienen la capacidad de absorber dióxido de carbono. Grosso modo la lluvia o el mar disuelven el CO2 que termina formando carbonatos con estos minerales. Estos procesos que suceden de forma natural llevan miles de años. Lo que sugiere este proyecto es que pueden acelerar esos mecanismos a un ritmo que permita absorber el volumen de emisiones actuales».

«A nivel teórico tiene sentido pero, a nivel práctico, tiene inconvenientes. Para acelerar la absorción proponen aumentar la superficie de contacto de estos minerales con el CO2 pero para eso habría que moler gran cantidad de ellos. Estos procesos de triturado consumen mucha energía, por tanto los costes económicos y en emisiones se disparan», opina Roberto Martínez Orio, jefe del área de Recursos Minerales del Instituto Geológico y Minero de España.

De hecho, ahora se emiten 35.000 millones de toneladas anuales de CO2, así que se necesitarían, apunta el investigador, una cantidad similar de minerales molidos. La web del proyecto dice que su proceso captura 20 veces más dióxido de carbono que la extracción y el transporte de la olivina, sin embargo, no menciona más detalles ni nada acerca del triturado.

Este investigador cree que a pequeña escala podría funcionar, sobre todo en minas, donde se podría utilizar para compensar las emisiones de la propia actividad. Sin embargo, a gran escala la cosa se complicaría, por el triturado, pero también por el depósito en playas. «Si éstas tienen otra composición no sabemos qué problemas medioambientales se podrían presentar».

Trabajar a baja temperatura con materiales sólidos

Para José María Sánchez Hervás, jefe de la División de Combustión y Gasificiación y responsable de la Unidad de Valorización Termoquímica Sostenible del departamento de Energía del Ciemat, lo más sorprendente es «que se trabaje a baja temperatura con materiales sólidos. El proyecto intenta reproducir los procesos de captura industriales, pero cuando se trabaja con materiales sólidos se suele hacer a temperaturas superiores a los 600 grados. En este caso, lo esperable es que la reacción a baja temperatura sea poca».

Su grupo de investigación se dedica a la captura de CO2 desde que se intensificó el interés por estas tecnologías a partir de los años 90 y en los primeros años del siglo XXI.

Desde el principio, estas técnicas han estado muy ligadas a los procesos industriales, primero de las centrales térmicas de carbón y, ahora que éstas están cerrando, a sectores muy contaminantes como los fabricantes de acero o de cemento.

«En esencia se buscan reacciones químicas para formar compuestos carbonatados con el CO2. También hay formas físicas de almacenar el dióxido de carbono, inyectándolo en profundidades por ejemplo, donde llenan los huecos de materiales porosos», dice.

Acción climática

Lo cierto es que el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) considera la captura y almacenamiento una parte fundamental de la acción climática para lograr que la temperatura media global no supere los 1,5-2 grados a finales de siglo, aunque lo primero y fundamental siga siendo dejar de emitir y bajar la concentración de CO2 en la atmósfera a niveles predinsutriales. Entonces, el CO2 alcanzaba los 270-280 partes por millón.

Ahora superamos las 400 ppm y se considera que, cuando alcancen los 450 ppm, las consecuencias derivadas del calentamiento se volverán imprevisibles.

«Resumiendo mucho, las estrategias consideran, primero, mejorar la eficiencia energética, consumir menos y aprovechar mejor la energía. La segunda se basa en que las fuentes de energía sean de origen renovable y no emisoras de gases de efecto invernadero (GEI) y la tercera es la captura del dióxido de carbono (el primero de estos GEI en rprovocar calentamiento). Por un lado, hay que quitar CO2 de los procesos industriales donde son inevitables, por ejemplo, en las industrias del acero, del cemento o del plástico y por otro, desarrollar la captura directa del aire».

En Europa, EEUU, Australia y China se trabaja con fuerza en esta primera línea ligada a las industrias. Ejemplo de ello es el gran proyecto noruego Northern Lights, cuya fecha de arranque está prevista para 2024. La idea: capturar los gases de la industria cementera, hasta 1,5 millones de toneladas al año, y almacenarlo a gran profundidad, a unos 2.500 metros bajo el lecho marino del Mar del Norte.

Captura de CO2

La captura directa de la atmósfera es «el gran tema de investigación del momento. Se están haciendo muchos estudios y algunos pilotos, aunque todavía no está desarrollado a nivel comercial. Al final, capturar el dióxido de carbono de los grandes contaminantes es sencillo; la complejidad reside en los sectores difusos, como por ejemplo quitar la contaminación del tráfico en un gran ciudad. Para hacerse una idea: la concentración de CO2 en una central alcanza el 12%, mientras que en la atmósfera es del 0,04%. De ahí que se necesiten sistemas que aspiran el gas, lo concentren y lo atraigan hacia una red de filtros, en el que tendrá lugar el proceso químico», relata Hervás.

Fuente: Eva Martínez Rull / LA RAZÓN,

Artículo de referencia: https://www.larazon.es/medio-ambiente/20200717/qzlzc6egpra5ligzajgwvndiga.html,



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