La belleza salvaje de Hawái

El novelista Jack London reflejó sus vivencias hawaianas en El crucero del Snark. En ellas confiesa haber caído cautivado por este rosario de lágrimas telúricas cuya fuerza irredenta conjuga geografías imposibles, colores más allá de Gauguin, piélagos de olas gigantes y espumas tumultuosas, una biodiversidad inabarcable y una geología impetuosa creadora incesante de nuevos paisajes.

El archipiélago de Hawái se encuentra en el rincón septentrional del triángulo polinésico; los otros vértices son Aotearoa (Nueva Zelanda) y Rapa Nui (Isla de Pascua). Hawái se yergue como una pequeña flota fondeada en mitad del Pacífico, en el punto más alejado de cualquier tierra continental. Forma parte de la hilera de ínsulas, volcanes submarinos y atolones de la Cadena Hawái-Emperador, que se extiende 6.000 kilómetros hacia el sur desde el canal entre la península de Kamchatka y las islas Aleutianas.

Es en su extremo meridional, justo rebasado el trópico de Cáncer, donde la lava, el viento, la lluvia y el mar han ido modelando con paciencia el milagro de estas islas, en los confines de un azul profundo que se hace turquesa alrededor de sus costas. Seguramente nuestro viaje comience en la isla Oahu, pero de las ocho islas principales hay una tríada que no podemos dejar de visitar, Big Island, Maui y Kauai, las tres esmeraldas de un collar de zafiros.

La isla de la diosa Pele

Big Island es lo que su apodo indica, la más grande. En realidad se llama Hawái y de ella toma nombre el conjunto. Para recorrer las islas y acceder a sus rincones conviene alquilar un coche y combinarlo con botas, chancletas y aletas de buceo. En Big Island mejor si el vehículo es todoterreno.

En su periplo en busca de tierras ignotas, Pele, diosa de los volcanes, fue visitando las islas hasta llegar a Big Island. Cuando golpeó el suelo con su palo pahoa el fuego que brotó no se apagó, por lo que estableció aquí su morada. Fue en Kilauea y, desde entonces, el volcán permanece activo regalándonos espectáculos de lava. El cráter principal de su caldera, el Halemaumau, contiene un lago incandescente que, en la noche, desde el mirador del Museo Jaggar, preña de rojos y ocres la oscuridad en una contemplación casi mística. Más al sur, su boca Puu Oo vierte por sorpresa coladas de magma que unas veces van a morir al mar y otras se detienen tierra adentro. Su imagen, a pie, en barco o en helicóptero nunca se borrará de nuestras retinas.

Ambos cráteres se encuentran en el Parque Nacional de los Volcanes. Es una sinfonía estética y geológica que se descubre mediante sencillas rutas, como la que contornea la caldera del Kilauea Iki, o la que nos conduce a los viejos petroglifos de Puu Loa. También nos pierden entre grietas de vapor, chimeneas sulfurosas y fisuras como las de Mauna Ulu, que nos inducen al vértigo sobre el vacío de los cráteres colapsados de Puhimau y Pauahi o nos colocan sobre las vistas de los campos de lava en Kealakomo.

Tal horizonte, que combina creación y destrucción, conduce a preguntarse sobre la génesis del paraíso, pero en términos de ciencia. Porque el origen del archipiélago es poco común. Surge en medio de una placa tectónica debido a una zona de alta actividad volcánica, lo que en geología se conoce como "punto caliente". Así, el magma aflora levantando volcanes submarinos que crecen hasta alcanzar la superficie y formar islas.

En el caso de Hawái ocurre en mitad de la placa del Pacífico. Esta placa se mueve en sentido SE-NO y, con ella, las islas. Los volcanes pasan a ser inactivos al alejarse del punto caliente, pero este sigue expulsando lava y generando nuevas islas como si se tratara de una parsimoniosa cadena de producción. Niahu y Kawai, las del extremo noroeste, son así las más viejas (5,6 y 5 millones de años), mientras que Maui y Big Island en la punta sudeste, con 1,3 y 0,7 millones de años, las más jóvenes. Hoy solo Big Island se halla bajo la influencia directa del punto caliente y por eso es la única con volcanes activos.



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