En este ámbito entrarían las catástrofes provocadas por los maremotos, como los de Fukushima (Japón) y Concepción (Chile), recientemente en el Pacífico, o los sucesivos de Indonesia, en el Índico, entre 2004 y 2006; o por los huracanes, como Katrina, en Nueva Orleans (costa Atlántica). Ejemplos de las inundaciones continentales podrían ser también las provocadas por los grandes ríos o las avenidas o riadas locales, como la de Biescas.

Todas estas catástrofes han tenido unos efectos irreversibles para la población. Para paliarlos, el Grupo de Investigación “Medio Marino Costero y Portuario”, de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de la UPM colabora en el Proyecto de Investigación del FP7, “SMARTeST – Smart Resilence Technologies, Systems and Tools”. Los resultados de sus estudios se presentaron en un seminario en la Escuela de Caminos, bajo la supervisión del director científico del proyecto, Jean Luc Salagnac, ingeniero francés del Centre Scientifique et Technique du Bâtiment (CSTB). En este encuentro se expusieron las medidas que podrían permitir una mayor resiliencia del medio urbano frente a los riesgos y efectos de las inundaciones.

Barreras protectoras

Para el profesor e investigador Javier Díez, participante en este estudio por parte de la UPM, lo que se pretende en este proyecto es resaltar las medidas que puedan difundirse y aplicarse a través de los mercados, a fin de contrarrestar los efectos devastadores de las inundaciones. Pueden ser desde las más simples, como barreras de madera o plástico, en la defensa, o la utilización de sistemas electrónicos de teledetección de prevención e información ciudadana. Incluso más complejas todavía como las que incluyen gestión, legislación o estructuras organizativas conducentes a generar y fortalecer capacidades.

Fue la inclusión y análisis del caso de estudio propuesto por la UPM, como el de las inundaciones en las áreas urbanas de Valencia, el que puso de manifiesto algo que este Grupo de Investigación de la Escuela de Caminos, Canales y Puertos siempre quiso mostrar a la comunidad científica. Se trata de que los parámetros del clima en la costa, como las fuertes mareas de los temporales, influyen de manera decisiva en las inundaciones continentales lejos del límite costero. Son las provocadas por los grandes ríos, que aún a muchos kilómetros del litoral marino inundan amplias extensiones llanas del territorio al no poder desaguar su cauce de forma habitual.

El equipo del Proyecto EU-FP7 “SMARTeST – Smart Resilence Technologies, Systems and Tools”, compuesto por 10 instituciones de investigación europeas, asumió la profunda relación entre las inundaciones continentales y los fenómenos marítimos y costeros.

En opinión de Javier Díez es inevitable que se produzcan inundaciones urbanas. “La variabilidad del clima hace que el riesgo nunca sea cero. Pero sí se pueden gestionar para que los daños tengan el menor efecto pernicioso en la población y que exista una mayor capacidad de respuesta para la recuperación del medio urbano”.

“La Naturaleza es imprevisible. La ciudad de Fukushima se enfrentó a una pared de 30 metros de agua y, pese a las barreras costeras antimaremotos, sólo aguantó en un primer momento, paradójicamente, la central nuclear. Lo demás lo arrasó la onda del maremoto. El sistema urbano de la bahía desapareció, pero la central bien puede decirse que se comportó con resiliencia: aguantó hasta su desmantelamiento sin “mayores” consecuencias.

“La catástrofe provocada por el “Katrina”, en la desembocadura del Mississippi, que hubiera podido ser fácilmente controlable si los asentamientos hubieran seguido una pauta conforme a las cotas del terreno (barrio francés), mostró, sin embargo, carencias de resiliencia. Sus diques tenían una cota que el mar superó en algunos tramos donde la inundación alcanzó los 9,5 metros. Los daños crecieron exponencialmente, ya que el tiempo de respuesta de evacuación de la población se demoró a causa de los propios diques, que se comportaron como la conocida máscara de hierro de Alejandro Dumas”, señala Díez. “Este riesgo puede estar aquejando al famoso Plan Delta holandés.”

En España hay zonas hidrográficas que son más peligrosas que otras, especialmente las de la cuenca Mediterránea cuando en el otoño se ven afectadas por el fenómeno meteorológico denominado “gota fría”, que se da también en la costa cantábrica oriental, aunque allí tiene un carácter más local y menos frecuente.

Valencia: peligro de nuevas riadas

El profesor Díez incide especialmente en la vulnerabilidad de aquellas ciudades mediterráneas situadas en antiguos deltas. La inundación de Valencia de 1957 fue el punto inicial en el que hubo que dar una solución al problema, ante la magnitud de un desastre en el que perecieron 400 personas.

Se recurrió a regular el cauce del Turia y a sacarlo fuera de la ciudad. Javier Díez señala que, como ocurre tras todas las medidas resilientes de carácter fijo o estratégico, las autoridades permitieron urbanizar grandes zonas limítrofes “vacías”, amparándose en la relativa seguridad que aquellas obras de contención proporcionarían. La ocupación urbana también se extendió en derredor de los pueblos del alfoz de Valencia, cuyos cascos urbanos antiguos ocupaban otras zonas elevadas del viejo delta, pero olvidando el riesgo de construir en las zonas bajas que los circundaban. Ahora el peligro se cierne sobre esas áreas inundables junto al cauce del Júcar, también próximo a Valencia y, o como las del Turia, tributario y conformador de La Albufera.

Para Díez, la pregunta esencial no es si un día sucederá una gran riada, sino cuándo. La cuenca Mediterránea es imprevisible. “Cuando ésta se produzca hay que estar preparados, porque podría ser catastrófica. Es necesario establecer medidas suficientemente ágiles para permitir a la población que “sortee” estos procesos devastadores. Entre ellas se encuentran la mejora de la construcción resiliente, en edificios y en las vías de transporte, procurando que estas últimas no se inunden. Pero, sobre todo, métodos inteligentes de redes de aviso y de comunicación. Todas ellas se pueden articular a través del SAIH, que es el sistema español en la recogida de datos de estos fenómenos, como escorrentías, nivel de precipitaciones, etc.”.