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La extinción de ciertas especies conlleva la desaparición inherente de otras que dependen de ellas. Estas plantas, sin embargo, consiguieron sobrevivir a la extinción de sus polinizadores.

Bautizado en honor al físico Enrico Fermi, al norte del estado de Illinois, en la ciudad de Chicago, se encuentra el Fermilab, uno de los laboratorios de física de altas energías más prestigiosos del mundo. Los científicos del Laboratorio Nacional Fermi del Departamento de Energía de los Estados Unidos se hallan constantemente explorando los límites de lo desconocido en su intento por comprender el origen y las propiedades físicas del Universo.

Sin embargo este artículo no trata sobre lo que sucede de puertas para adentro de este laboratorio, si no de lo que ocurre en sus alrededores, en los que aún existen algunos extraños ecosistemas en peligro de extinción ya desaparecidos en otros rincones de los Estados Unidos.

Y es que según uno de los ecólogos de la institución, Walter Levernier, “Fermilab alberga algunos de los últimos remanentes de pequeñas poblaciones de plantas históricas”. “Estas todavía resisten aquí principalmente porque cuando se fundó Fermilab en 1967, gran parte de la tierra eran fincas unifamiliares”, añade.

Escondidas entre los alrededores del laboratorio, Levernier se refiere en concreto a tres especies de árboles que producen unos frutos grandes y llamativos que hoy no son consumidos por ningún tipo de vida silvestre.

Cada año, esos frutos se reproducen por cientos y caen al suelo bajo sus árboles esperando ser consumidos y dispersados por los animales. Sin embargo, esos animales hoy ya no están. No es que se hayan marchado a otros lugares a causa de la actividad humana; es que en este caso se extinguieron hace más de 10.000 años.

Plantas y animales; una historia de vencedores y vencidos

Cuentan que cuando Lewis y Clark, los protagonistas de la primera expedición llevada a cabo por estadounidenses que cruzó del centro al oeste los actuales Estados Unidos, se embarcaron en su aventura de atravesar el continente, tenían instrucciones explícitas del entonces presidente del país, Thomas Jefferson, de estar atentos al avistamiento de mamuts.

Jefferson, un ávido entusiasta de los fósiles, al igual que la mayoría de los científicos de su época, no creía en la extinción y esperaba que los expedicionarios se encontraran en algún punto de su viaje con estas colosales criaturas.

Por supuesto, Lewis y Clark nunca encontraron mamuts vivos. La mayoría de la megafauna de la antigua Norteamérica se había extinguido hace unos 10.000 años. Sin embargo los numerosos fósiles hallados desde entonces, incluido el esqueleto de un mamut lanudo de 13.000 años de antigüedad a tan solo un kilómetro y medio del Fermilab en 1977, han permitido a los científicos construir una vívida imagen del mundo que un día habitaron.

Millones de años antes que nosotros y sobreviviendo a varias era glaciales, estos fósiles pertenecieron a decenas de especies de mamíferos de colosales dimensiones que vagaron por la mayor parte de los continentes. América del Norte y el Sur, por ejemplo, albergaron criaturas como el increíble Megatherium-Glyptodon sp- lobos terribles, un perezoso gigante terrestre tan alto como un edificio de dos pisos, armadillos fuertemente blindados del tamaño un coche, o tigres dientes de sable.

Se trataba de un mundo francamente duro para cualquier especie de primate y en especial para los sapiens, quienes tuvimos que esperar la llegada de un clima más cálido para convertirnos en el simio que gracias a su intelecto y habilidad con las herramientas llevarían a la mayoría de aquellas especies a la extinción.

Desaparición paulatina de todas estas criaturas

Así, en el transcurso de los últimos 165.000 años, y con el rampante ascenso en la cadena alimentaria de nuestra especie, asistiríamos al ocaso la desaparición paulatina de todas estas criaturas, de cuya presencia en la Tierra hoy sabemos gracias a los restos fósiles.

Sin embargo estas no desaparecieron sin más dejando un escenario vacío a la espera de la llegada de nuevos actores, si no que a lo largo de los millones de años que la megafauna dominó los paisajes de la Tierra, compartieron su camino evolutivo, por ejemplo, con la gran variedad de plantas de las que dependían para alimentarse, y es precisamente a través de estas que los investigadores han conseguido seguir el rastro que les ha permitido dibujar los pretéritos paisajes que escenificaron sus vidas.

Así, árboles de grandes y conspicuos frutos fueron una tentadora comida para todos aquellos animales lo suficientemente grandes como para arrancarlos directamente del dosel arbóreo. A cambio de alimento, la megafauna transportaría amablemente las semillas en su estómago hacia nuevos lugares, ayudando a las plantas a expandir su rango.

No obstante, con la desaparición de la mayoría de los grandes mamíferos al final de la última Edad del hielo, estas plantas se vieron despojadas de sus dispersores de semillas.

Muchas de ellas se extinguieron, más otras, las más exitosas de un conjunto de plantas hoy anacrónicas, se aferraron a la continuidad de la vida reproduciéndose asexualmente o encontrando nuevos animales para dispersar sus semillas: en este caso, nosotros, los sapiens. Una vez más donde los animales, considerados los seres superiores por antonomasia, perecieron, las plantas, con sus discretas y sutiles, pero eficaces estrategias de supervivencia, nos cuentan una historia de adaptación y cambio evolutivo.

Plantas fuera de su tiempo: anacronismos a nuestro alrededor

Continuamos en los continentes americanos. En ellos, los ancestros salvajes de las actuales calabazas y pepinos –Curcubita sp.- crecían en los paisajes abiertos y soleados.

La megafauna de entonces no solo se limitó a comer estos frutos y dispersar sus semillas, sino que también contribuyó, y en gran medida, a crear los tipos exactos de ambientes que estas plantas necesitaban para sobrevivir.

“Si observas hoy dónde habitan los elefantes del bosque, es fácil apreciar el gran impacto que tienen sobre paisaje”, explica Logan Kistler, antropólogo del Instituto Smithsonian. “Consumen mucha vegetación, pisotean cualquier cosa que se cruce a su paso, y comen entre 70 y 100 kilogramos de comida al día; y al hacer todo esto, están creando una gran cantidad de hábitat perturbado”, añade.

Cuando la megafauna se extinguió, estas plantas también comenzaron a desaparecer. Podrían haberse extinguido por completo si no hubiera sido por el hecho de que los humanos también tendían a perturbar el medio ambiente, tanto alrededor de sus campamentos como más tarde, con sus granjas. Al crecer en estas áreas, ciertas plantas atrajeron la atención de los humanos, quienes comenzaron a cultivarlas de forma independiente.

Patrón

Este patrón se puede ver una y otra vez en toda una serie de plantas con las que entramos en contacto a diario; un ejemplo muy dulce lo encontramos en el chocolate como cuenta Kistler: “el cacao es un ejemplo perfecto. Tiene una envoltura realmente dura pero una pulpa realmente dulce que sería tentadora para cualquier gran mamífero que pudiera masticarla y deleitarse con su sabor. Pero al mismo tiempo, sus semillas están protegidas químicamente en el interior gracias a sustancias como la cafeína y teobromina”, añade.

Otro ejemplo son los aguacates. Durante algunos miles de años, mucho antes de que estos se convirtieran en el alimento favorito de los hipsters de todo el mundo, los aguacates fueron uno de los bocados favoritos de los gonfotéridos, unas criaturas parecidas a elefantes con cuatro colmillos que habitaron en América Central y del Sur. La papaya, ciertos tipos de higos, o los caquis son algunos ejemplos más de frutas que alguna vez fueron favorecidas por la megafauna y luego consumidas por los seres humanos.

Mamuts, mastodontes y las plantas que los dejaron atrás

En los alrededores del Fermilab, donde comenzábamos este reportaje es probable encontrase con una árbol conocido como el cafetero de Kentucky, caracterizado por los llamativos racimos de flores blancas dispuestas en panículas que cuelgan de su dosel. Estas flores dan lugar a unas vainas de semillas gruesas y marrones que exudan un olor dulce cuando se abren.

A pesar de su apodo, las semillas del cafetero de Kentucky son altamente tóxicas para los humanos y no deben ingerirse. Pero lo verdaderamente curioso de estos árboles de la familia de las habas, es que procediendo de los hábitats silvestres de la edad de hielo, se han adaptado a la perfección a las grandes ciudades y sus barrios periféricos. “El cafetero de Kentucky es interesante porque a menudo es muy popular como planta de jardinería”, cuenta Levernier.

Los alrededores del Fermilab también cuentan con algunos árboles grandes y majestuosos conocidos como langostas de la miel, que en otoño e invierno arrojan la mayoría de sus vainas de habas colgantes en en espiral sobre el carril bici que lleva al laboratorio. Se trata de otro miembro de la familia de las habáceas que en este caso se pueden identificar fácilmente por las grandes espinas que crecen a lo largo de su tronco.

Otra planta antigua pero mucho menos común en Illinois, los naranjos de los osages, son un tipo de morera que produce unos frutos de un color verde vibrante del tamaño de una pelota de béisbol. Estos árboles comenzaron a desaparecer en grandes territorios de su área de distribución anterior tras la desaparición de sus dispersores de sus semillas.

Capacidad para clonarse a sí mismos

Probablemente la única razón por la que todavía existen hoy en día es su capacidad para clonarse a sí mismos haciendo crecer nuevos árboles a partir de su larga red de raíces o, en el caso de los de Illinois, siendo útiles para los humanos.

“El naranjo de Osage se introdujo en el norte del estado para delimitar cercas”, explica Levernier. “Una vez que se inventaron las cercas modernas, la especie ha disminuido con el tiempo”, añade el investigador, quien fantasea con la idea de que los mamuts pronto hagan una gran reaparición.

Los científicos han podido extraer hasta el 80% del ADN de mamut lanudo de muestras conservadas. Y si bien es poco probable que alguna vez podamos clonar perfectamente un mamut debido a la naturaleza fragmentaria del ADN fosilizado, es posible que partes del genoma del mamut puedan empalmarse con el de los elefantes modernos. Los mamuts híbridos resultantes podrían regresar a sus rangos de distribución anteriores en la fría tundra del norte y en las áreas donde estas plantas anacrónicas han crecido durante miles de años esperando el regreso de sus compañeros perdidos”.

Una extraña carambola de la evolución en la que el hombre devolvería a estos animales a la vida, y a su vez estos, devolverían a un buen puñado de plantas…¡a su tiempo!

Fuente: National Geographic,

Artículo de referencia: https://www.nationalgeographic.com.es/naturaleza/plantas-anacronicas-escapando-extincion_16858,



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