Este fin de semana, a un par de días del comienzo del invierno, la cordillera Cantábrica y el norte peninsular han sido pasto de las llamas, con cientos de focos de incendios activos desde Navarra hasta Galicia. 

Pese a las teorías que se puedan escuchar estos días, la realidad es que todos los años se producen quemas en esta época en la cornisa Cantábrica. 

Pero las anormales condiciones de calor y sequía, el viento, el abandono de los montes y el uso incontrolado del fuego en el medio rural se han juntado este fin de semana en una tormenta perfecta.

Las últimas semanas han sido muy secas y cálidas en el norte, por lo que la vegetación tiene poca humedad y el fuego se propaga por los montes con mucha facilidad. 

Ante el nuevo escenario que nos trae el cambio climático -2015 se va a convertir en el año más cálido jamás registrado-, es mucho más fácil que las quemas de cada invierno se descontrolen, como ha pasado estos días.

Tampoco se puede olvidar el estado de muchos montes, que tras décadas de abandono y falta de gestión están listos para arder. 

Hay mucha más vegetación para alimentar el fuego, y es mucho más probable que una quema que hace años podía no causar problemas tenga consecuencias muy graves.

Pero, aunque las condiciones meteorológicas y el abandono son factores fundamentales, los montes no arden solos. 

En el noroeste peninsular, el porcentaje de incendios intencionados es el mayor de España: según las estadísticas del Ministerio de Medio Ambiente, en el periodo de 2001-2010, el 70,26% fueron intencionados en el noroeste, frente al 55% de media nacional

Detrás de la mayoría de ellos está la actividad agraria o ganadera, sobre todo quemas de matorral para regeneración de pastos o quemas de rastrojos. 

Según datos del Gobierno de Asturias, de los 597 incendios investigados por las BRIPAS entre 2002 y 2009, 356 tuvieron como motivación el pastoreo.

El uso incontrolado y clandestino del fuego en los montes es un delito que sigue muy extendido en el norte. 

Para WWF, la forma más eficaz de acabar con ello es cambiar el enfoque de la lucha contra el fuego y diseñar planes de prevención social, trabajando con las personas para promover alternativas al uso del fuego y para que se respete la normativa sobre quemas y los periodos de alto riesgo. 

Existen iniciativas que ya han avanzado en este sentido, como el Plan 42 de Castilla y León –creado en 2002 y ahora paralizado por los recortes-, que buscaba cambiar los hábitos del uso del fuego como instrumento agroganadero en los municipios más castigados por los incendios. Es un ejemplo del tipo de medidas de prevención activa, centradas en trabajar con la gente, en las que deberían invertir las administraciones.

Con los datos en la mano, también hay que repetir que los incendios de estos días –igual que los de este verano- no tienen nada que ver con la nueva Ley de Montes. 

Entre 2001 y 2013, sólo el 0,15% de los incendios se provocó para conseguir una modificación en el uso del suelo. Aunque las organizaciones ecologistas nos opusimos a esta innecesaria reforma de la ley, las causas de fondo de los incendios son otras. 

Si las administraciones no toman medidas para controlar el uso del fuego en el medio rural y para revertir el imparable abandono de los montes, seguiremos sufriendo veranos negros. Y con el cambio climático, parece que a partir de ahora también Navidades negras.



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