Los datos recogidos sobre temblores y pequeños terremotos evidencian el ascenso de nuevos pulsos de magma hacia la superficie y permiten predecir su continuidad. "No hay datos que indiquen el final de la erupción, por lo que continuarán los efectos negativos sobre el espacio aéreo europeo, aunque con impacto desigual a lo largo del tiempo en función del aporte de magma, la intensidad explosiva y las condiciones meteorológicas", avanza el investigador del CSIC José Luis Fernández Turiel.

El grupo de científicos destaca la continuada actividad explosiva del volcán, con columnas piroclásticas (compuestas de gases y cenizas) que alcanzan entre los 6 y los 7 kilómetros de altura, lo que ha ocasionado una amplia dispersión de cenizas hacia el este y el sureste del volcán. Las sucesivas cenizas han ido recubriendo paulatinamente todo el glaciar de la cumbre del volcán, de forma que casi toda su superficie presenta un color negro.

La erupción ha destruido un lago de deshielo

Otro fenómeno observado ha sido el lento avance del frente de lava por la lengua del glaciar Gígjökull, ubicado en la cara norte del volcán. "Desde tierra este avance se observa como penachos de nubes de color blanco, formadas por vapor de agua que surge de la fusión del hielo", explica Fernández Turiel.

Asimismo, los investigadores han observado cómo el agua resultante de esta fusión provocó la destrucción de un lago de deshielo al final de la lengua glaciar, lo que produjo destrozos en la carretera principal del sur de la isla.

En la expedición han participado seis investigadores: José Luis Fernández Turiel y  Juan Carlos Carracedo Gómez, ambos del CSIC; Domingo Gimeno Torrente y Sebastián Wiesmaier de la Universidad de Barcelona y Francisco José Pérez Torrado y Alejandro Rodríguez González de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.



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