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El mercurio (Hg) ha sido un elemento crucial para la ciencia: está presente en los termómetros, barómetros, lámparas fluorescentes y otros dispositivos comunes, además de manómetros, tensiómetros y algunas válvulas, como las bombas de vacío. Pero este metal extremadamente dúctil y volátil se ha convertido en un quebradero de cabeza para el medio ambiente. Y es que, dada la facilidad con la que pasa de estado líquido a gaseoso, el uso industrial disparó su presencia en la atmósfera.

La toxicidad se multiplica cuando parte de ese mercurio que se filtra en los ecosistemas se convierte en metilmercurio, (CH3Hg), un compuesto neurotóxico capaz de concentrarse en el organismo (a través de la llamada bioacumulación), y saltar a la cadena alimentaria.

Esta sustancia, por ejemplo, queda retenida en el organismo de los peces y se va acumulando con el paso del tiempo. Así, los peces de mayor tamaño van depredando especies más pequeñas, lo que se traduce en un aumento de la presencia de estos compuestos tóxicos. De este modo, las especies más voraces, como el atún, el pez emperador o el lucio, llegan a alcanzar concentraciones muy altas de este elemento tóxico para el consumo humano.

De hecho, tanto es así, que la Agencia de Seguridad Alimentaria publicó en 2019 una actualización de sus recomendaciones alimentarias para limitar el consumo de estos pescados, especialmente en el caso de ‘mujeres embarazadas, así como así como en período de lactancia y niños de menos de 10 años de edad, ya que puede afectar al sistema nervioso central en desarrollo, tras su consumo directo o a través de la placenta y la leche materna’.

El ciclo contaminante

El ciclo biogeoquímico del mercurio comienza con su liberación al medio a partir de la erosión de rocas que contienen dicho metal. De ahí pasa tanto a las aguas superficiales como subterráneas, llegando finalmente a los océanos. En ambos medios tienen lugar reacciones de desgasificación y volatilización que lo trasladan a la atmósfera.

Sin embargo, igual que sucede con el carbono, este elemento también acaba depositado en el suelo y los depósitos de sedimentos de las profundidades marinas, que actúan como sumideros.

“El mercurio, tanto de origen natural como antropogénico, entra en los océanos a través de la atmósfera y de los ríos. Una vez en la superficie del océano, pasa a formar parte de de la biota marina, y de ahí, a la cadena alimentaria -explica el profesor Hamed Sanei, director del Laboratorio de Carbono Orgánico Litosférico (LOC) del departamento de Geociencias de la Universidad de Aarhus, a National Geographic España a través del correo electrónico-. Estos restos también pueden unirse a pequeños fragmentos y partículas de materia orgánica en el agua que en última instancia se precipitan hacia el fondo del océano, almacenándose en los sedimentos del lecho marino”.

Principal problema de la toxicidad por mercurio

El principal problema de la toxicidad por mercurio es que hasta la fecha ha sido extremadamente difícil cuantificar la magnitud de la tragedia. En 2017 entró en vigor el denominado Convenio de Minamata, un acuerdo que persigue reducir considerablemente la contaminación por mercurio de origen antropogénico. Pero todavía no sabemos realmente cuánto mercurio hay en la biosfera hasta que no analizamos su impacto en la cadena alimentaria.

“Por otra parte, los océanos son cruciales para entender el ciclo del mercurio antropogénico, pues estas masas de agua contienen una concentración mayor que la combinación de las capas superiores del suelo y la atmósfera. Los sedimentos marinos, apuntan los autores de la investigación, son probablemente el mayor depósito de mercurio a largo plazo. Sin embargo, aunque existen numerosos estudios que cuantifican la tasa de acumulación de mercurio en las plataformas continentales, todavía no se tiene demasiados datos acerca de la acumulación de estos elementos en las profundidades oceánicas”.

Mercurio en las profundidades del océano

Por este motivo, para ayudar a arrojar luz sobre estas lagunas, un equipo multidisciplinar de científicos de Dinamarca, Canadá, Alemania y Japón han decidido cuantificar la presencia de mercurio en una de los puntos más inaccesibles del planeta: las profundidades del océano Pacífico, donde han documentado una acumulación sin precedentes de este metal altamente tóxico.

Las conclusiones de la investigación, publicada en la revista Scientific Reports, apuntan a que las cantidades de mercurio contabilizadas en esta área exceden sobremanera las descritas con anterioridad en lugares similares, y es incluso mayor que en muchas de las zonas contaminadas por emisiones industriales.

“Nuestro estudio y otros similares demuestran que las fosas oceánicas ultraprofundas actúan como puntos de almacenamiento del mercurio de los océanos. Es posible que la elevada cantidad de mercurio que se encuentra en los sedimentos no suponga ningún riesgo para el medio ambiente, porque ya está almacenado. Sin embargo, el ritmo al que se deposita cada año es alarmantemente alto y parece haberse acelerado en las últimas décadas”, explica el profesor Sanei.

“La mala noticia es que los altos niveles pueden ser representativos del aumento colectivo de las emisiones antropogénicas en nuestros océanos -incide-. La buena es que las fosas oceánicas actúan como un vertedero permanente, por lo que podemos esperar que el mercurio que acabe allí quede enterrado durante muchos millones de años, antes de ser conducidos hacia las profundidades de la tierra por las placas litosféricas”.

Indicador de la salud general de los océanos

Sin embargo, advierte el científico, incluso cuando el mercurio se elimina de la biosfera, las elevadas cantidades que se depositan siguen siendo alarmantes.

“Hemos demostrado que los sedimentos de las fosas oceánicas son “puntos calientes” de acumulación de mercurio, con tasas de acumulación mucho más altas de lo que se creía hasta ahora”, afirma el doctor Peter Outridge, coautor del estudio e investigador científico de Natural Resources Canada, quien asegura que estos resultados servirán para llenar algunas lagunas relacionadas con el ciclo de este metal, como la verdadera tasa de eliminación en el medio natural.

“Nuestro estudio desvela lo poco que sabemos sobre este fenómeno. Entre otras conclusiones, nos desvela que la acumulación de mercurio en las fosas oceánicas es hasta 50 veces superior a los niveles normales considerado por la Evaluación Mundial sobre el Mercurio de las Naciones Unidas. Esto significa que, si buscamos agentes contaminantes en el océano, es posible que tengamos que buscar en las fosas más profundas en lugar de en las zonas que rodean los lugares donde se produce esa contaminación. El mercurio parece viajar una larga distancia para llegar a su destino final: las fosas oceánicas ultraprofundas. Por el camino, puede haber pasado por el ciclo de la vida en el océano y puede haber causado ya daños medioambientales”.

Futuras investigaciones corroborarán las conclusiones de este estudio científico, para lo cual se requerirá un muestreo adicional de las profundidades del océano. Pero, en todo caso, los resultados preliminares de esta investigación servirán para mejorar la precisión de la magnitud real de la contaminación por mercurio, un paso necesario para reducir la contaminación.

Fuente: Sergi Alcalde / National Geographic,

Artículo de referencia: https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/detectan-grandes-cantidades-mercurio-fondo-oceano-pacifico_16989,



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