El gran Río Colorado, el que por milenios ha formado el gran Cañón, hace algo muy extraño cuando llega al sur de la frontera de Arizona con México. Se muere.

La Presa de Morelos –la cual se ubica en la frontera internacional– funge como demarcación, bifurcando casi toda el agua del río hacia un acueducto que sirve para la agricultura así como también a las viviendas en Tijuana.

Al sur de la presa, el canal de río viaja unas 75 millas (120 kilómetros) hacia el Golfo de California, pero sólo cuando su cauce se acrecienta por las lluvias, ya que por la mayor parte del tiempo el canal se queda seco. Pero a partir de hoy, el río volverá a fluir, como parte de un experimento sin precedentes por parte de funcionarios estadounidenses y mexicanos.

Hace unos días, la Comisión Internacional de Aguas Fronterizas, conformada por funcionarios mexicanos y estadounidenses, liberaron agua del Lago Mead, en Nevada y la enviaron hacia el delta del Río Colorado, una región que ha dejado de formar parte del río a causa de las presas y desviaciones que fueron construidas en el siglo pasado.

Aunque ha habido liberaciones experimentales de agua de gran cauce en el Río Colorado, tal como la que se hizo el año pasado en el Lago Powell, diseñada para esparcir el sedimento en el Gran Cañón, esta es la primera vez que el agua será encausada hacia el delta.

Esta liberación de agua, que ha estado planeándose por cierto tiempo, es parte de un proyecto piloto a cinco años para revigorizar el medio ambiente del delta. Por mera coincidencia se decidió llevar a cabo este proyecto cuando una sequía que ha impuesto récords ha acrecentado las preocupaciones en torno al futuro de la seguridad del agua en el oeste.

Es por eso que las autoridades mexicanas y estadounidenses del agua, esperando poder frenar cualquier instancia de querer dar marcha a atrás, se reunieron con funcionarios de California y Arizona antes de anunciar la liberación de agua para asegurarles que recibirán su distribución correspondiente de agua del Río Colorado este año.

La liberación comenzará despacio hoy, cuando los funcionarios abran las compuertas de la Presa Morelos, ubicada al oeste de Yuma, Arizona, liberando alrededor de 700 pies cúbicos de agua por segundo. La liberación llegará a su tope cuando 4 mil 200 pies cúbicos de agua por segundo crucen por la presa. Tras un periodo de ocho semanas, un estimado de 105 mil acres por pie de agua habrán sido liberados. (Un acre por pie es la cantidad de agua que se necesita para cubrir un acre con un pie de profundidad, o alrededor de 26 mil galones —suficientes para abastecer dos viviendas promedio por año.)

Los expertos de ambos países estudiarán los efectos de la liberación. Es poco probable que el agua llegue al Golfo de California y no se sabe si será absorbida por la tierra o de quedará estancada en partes del canal.

La liberación de agua se apega a los estatutos de una enmienda aprobada hace dos años que fue hecha al tratado de 1944 que regula el uso del agua por parte de los dos países. La enmienda estableció nuevas normas para compartir el agua en tiempos de sequía y compromete a ambos países, muchas veces entrando en conflicto en torno al tema del agua, a llevar a cabo el experimento de la liberación.

Esta liberación de agua tiene la intención de revitalizar el delta, ayudar a los agricultores mexicanos a que cultiven sus cosechas, reabastecer el manto acuífero y traer de vuelta cientos de especies de aves que son nativas de la región.

Juan Butrón Méndez, un agricultor de 63 años, quien también ofrece paseos guiados de Pronatura Noroeste, un grupo de conservación ambiental mexicano, dijo que vívidamente recuerda las rápidas corrientes del río cuando tenía 4 años y vivía en el Valle de Mexicali, a unas 30 millas (48 kilómetros) al sur de la frontera.

“El agua corría bien fuerte, había enormes remolinos llenos de naranjas, toronjas y árboles”, según recuerda Butrón.

Él y su familia se mudaron del área por algunos años, antes de regresar a finales de los 60s. El río ya no era el mismo, dijo.

“Llevaba muy poco agua, quizás dos pulgadas de profundidad”, dijo. “Luego todo se convirtió en un desierto”.

Osvel Hinojosa, director del programa de agua y terrenos húmedos de Pronatura Noroeste, describió la región como un lugar resistente”.

“Sólo un poco de agua hace una gran diferencia”, dijo Hinojosa en referencia al experimento que determinará si el saludable sistema del delta puede ser mantenido con poca agua. También reconoció las limitantes del proyecto de restauración.

“No podemos restaurar el delta a lo que era hace 100 años”, dijo Hinojosa. “Lo que antes eran terrenos húmedos, son ahora tierras de cultivo, y necesitamos respetar eso”.

Se supone que la liberación de agua debe imitar una inundación provocada por un deshielo primaveral. Sin embargo, la inundación de esta semana ofrecerá sólo una pizca de lo que hubiera fluido antes de que las presas fueran construidas, según dijeron los funcionarios.

Hasta ahora, esta es la única liberación de agua que se tiene planeada. Al final del proyecto piloto a cinco años, los funcionarios estadounidenses y mexicanos revisarán sus descubrimientos y discutirán si se deben hacer más liberaciones.

Recientemente, las retroexcavadoras limpiaron el terreno de pinos salados, una especie invasiva en el lecho seco del río a unas 20 millas (32 kilómetros) al sur d la frontera. Un grupo de trabajadores de Pronatura y voluntarios ya han preparado las áreas cercanas a las orillas del río para la restauración, plantando sauces y álamos, los cuales son árboles nativos e ideales para el hábitat de varias especies de aves.

El agua ofrecerá “el empuje que esta área necesita”, dijo Hinojosa.

Pero no todos se beneficiarán de la liberación.

Más al sur sobre la carretera 2, pasando por los campos de alfalfa y lechugas, los indígenas Cucapa probablemente no alcancen la infusión de agua, según dijeron los funcionarios. Alrededor de 200 indígenas Cucapa, viven en El Mayor, a unas 45 millas (72 kilómetros) al sur de la frontera.

El nombre de la tribu significa “la gente del río”, e Inocencia González Saiz, una anciana Cucapa de 77 años, recuerda cuando el Río Colorado corría libremente.

“Era muy hondo. No como es ahora”, dijo González, a quien afectivamente conocen como Doña Inocencia. “Ahora, ni siquiera los pescados son buenos”.

González miró hacia abajo a un parte del lecho del río cubierta de pinos salados. El canal está sediento, pero las lluvias de hace algunos días lo habían llenado a poco menos de la mitad de su cauce.

Ella lo recuerda más ancho y profundo —lo suficiente para el transporte de barcos.

“Los barcos de vapor llegaban de La Paz al embarcadero que estaba justo aquí”, dijo González.

Los niños se emocionaban porque los botes por lo regular transportaban dulces.

“Cuando estoy sola en mi casa”, dijo, “a veces sueño despierta con esos días de aquel entonces”.



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