Gus es uno de los muchos animales mentalmente inestables sobre el que se habla en el nuevo libro de Laurel Braitman, “Locura animal: Como los perros ansiosos, los loros compulsivos y los elefantes en recuperación nos ayudan a entendernos a nosotros mismos”. Mucha de esta locura descrita por Braitman está causada por los humanos, que fuerzan a los animales a vivir en hábitats antinaturales.

“Los zoos como instituciones son tremendamente problemáticos”, afirma la autora. “Resulta imposible replicar, incluso en un porcentaje muy pequeño, la vida que llevaría un oso polar en libertad”, comenta. Muchos animales deben apañarse con ambiente excesivamente limitados, tanto en estímulos como en espacio, lo que les lleva a desarrollar comportamientos estereotipados, es decir, repetitivos y sin ningún propósito. También el arrancarse el pelo o las plumas de forma repetida o la práctica de vomitar e ingerir el vómito una y otra vez son bastante frecuentes. Según otros expertos en comportamiento animal, estas situaciones casi nunca ocurren en libertad. Por este motivo, este tipo de prácticas reciben el nombre de “zoocosis” o “psicosis causada por el confinamiento”.

En un esfuerzo de combatir esta afección, muchos zoos tienen programas de enriquecimiento ambiental consistentes en tratar de distraer a los animales con juguetes o comida escondida. Aunque esta práctica puede reducir el comportamiento estereotipado hasta en un 50 por ciento, es tan solo una tirita contra el problema. Los sedantes son otro tratamiento común. Según Braitman, en todo zoo donde ha investigado, se ha usado un tratamiento psicofarmacéutico. En el año 2010 las ventas de medicinas para animales alcanzaron los 6 billones de dólares en ventas en los EEUU.

Los zoos también se presentan como los guardianes del futuro de la biodiversidad. Aunque es cierto que muchos zoos llevan a cabo programas de conservación, investigación, cría y reintroducción, también en estos centros viven numerosas especies que no están amenazadas. Según los parques zoológicos, su labor es promocionar la grandeza de la vida silvestre, que se trasladará en conservacionismo medioambiental. Sin embargo, en opinión del importante ecologista social de la Universidad de Yale, Stephen Kellert, más que ayudar hacia el respeto por la naturaleza, los zoos alientan la idea de que los humanos son superiores a los animales.

Muchos zoos argumentan que el hecho de que estos animales en cautividad tengan una vida larga significa que sus condiciones de vida son buenas. Pero esta esperanza de vida longeva no se presenta en todos los animales en cautividad. Un estudio de la revista “Science” demostró que, por ejemplo, los elefantes que habitan en reservas protegidas de África viven el doble que los de los parques zoológicos. Y todo ello a pesar de los cuidadores, que en la mayoría de los casos hacen lo posible para que los animales estén en buenas condiciones.El verdadero problema es que creemos tener derecho a ver animales exóticos en nuestra ciudad, un capricho que cuesta la cordura de los animales.



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