Además de otros estragos, el temporal Gloria fue responsable hace algo más de una semana de la inundación del delta del Ebro. El mar penetró más de tres kilómetros tierra adentro. Pocos meses antes, en septiembre del año pasado, tuvo lugar en el Mar Menor otro desastre medioambiental, esta vez asociado al fenómeno DANA (depresión aislada en niveles altos).

Es cierto que los eventos meteorológicos extremos han desempeñado un papel importante en ambos casos. Sin embargo, los temporales han actuado como desencadenantes o amplificadores de los impactos provocados por la actividad del hombre, generando graves daños económicos y medioambientales.

Los recientes desastres del Mar Menor y del delta del Ebro comparten algunos factores que condicionaron sus efectos catastróficos.

Inundación del delta del Ebro

Se podría culpabilizar al temporal como único responsable de que el agua del mar anegase varios miles de hectáreas de arrozales, pero desgraciadamente no es así. Desde hace ya varias décadas existen estudios que ponen de manifiesto la regresión –un efecto combinado de retroceso y subsidencia– del delta del Ebro.

El fenómeno es consecuencia de la interceptación de sedimentos fluviales –más del 95% de lo que debería de llegar a la desembocadura del río– a lo largo del sistema de embalses de la cuenca hidrográfica del río. Cabe recalcar que, además de la retención de sedimentos, hay otros efectos notables en la dinámica de los ecosistemas fluviales asociados a los embalses.

A lo anterior hay que añadir las alteraciones causadas en el delta por el uso que se hace de su superficie (fundamentalmente ocupada por cultivos) y la notable reducción de agua dulce que recibe. Así, las alteraciones en el medio derivadas de la actividad humana han incrementado la recurrencia e intensidad de los efectos catastróficos de los fenómenos naturales.

La regresión del delta causada por el hombre potencia los efectos de la subida del nivel del mar, ya sea temporal y relacionada con los eventos extremos o sea más progresiva y asociada al calentamiento global.

Mortandad de la fauna del Mar Menor

La alta intensidad de la precipitación ocasionada por DANA durante los días 12 y 13 de septiembre del 2019 dio lugar a una elevada remoción de materiales de los suelos por escorrentía superficial. El lavado produjo la liberación de grandes cantidades de fertilizantes (nitratos, fosfatos, etc.), además de la carga sólida y de contaminantes como metales pesados procedentes de terrenos mineros.

Estas circunstancias causaron la muerte masiva de miles de peces por anoxia, provocada por la elevada eutrofización de unas aguas que ya de por sí estaban eutrofizadas.

Como en el caso del delta del Ebro, hace décadas que se denuncia la progresiva degradación del Mar Menor. También como en ese caso, el evento extremo actuó acelerando e intensificando los efectos negativos que la actividad humana está provocando en la cuenca hidrográfica y en el entorno más próximo del Mar Menor.

Los fertilizantes utilizados en la agricultura intensiva, la sobreexplotación de los acuíferos, del desarrollo urbanístico y la instalación de plantas desaladoras ilegales ya estaban causando estragos en la albufera.

Las grandes riadas asociadas a los fenómenos de “gota fría” no son nuevas en esa región de la península Ibérica. Lo que no ocurría antes es la gran mortandad de fauna piscícola ligada a estos fenómenos.

El del Mar Menor representa otro infortunado ejemplo de cómo la actividad humana puede amplificar los efectos catastróficos de los eventos meteorológicos extremos, y de cómo estos pueden intensificar o acelerar los impactos negativos de la actividad humana.

Las enseñanzas

Se podrían citar otros casos recientes como, por ejemplo, el de las intensas precipitaciones registradas el pasado diciembre en Huelva durante el fenómeno Elsa.

Las fuertes lluvias también causaron una gran escorrentía superficial que afectó a zonas mineras donde existen abundantes residuos con una elevada contaminación por metales pesados, facilitando con ello la movilización de estos a los cauces.

No se trata aquí solo de los daños directos provocados por las riadas e inundaciones, también (y esto es más difícil de evaluar) de aquellos daños indirectos –pero no por ello menos importantes– relacionados con la dispersión de la contaminación.

La conclusión es clara: estamos generando perturbaciones en el medio que, indefectiblemente, van a tener una gran repercusión en los efectos catastróficos de fenómenos naturales.

Esto va a ser especialmente significativo en los eventos extremos. Las consecuencias de estos pueden verse amplificadas (como ha ocurrido en el delta del Ebro) o alternativamente, los impactos antropogénicos pueden ser agudizados por tales fenómenos (como ha sido el caso del Mar Menor).

El que aprendamos tal enseñanza está en nuestras manos. Se deberían reducir las perturbaciones en la medida de lo posible y evaluar los impactos que pueden tener proyectados a una mayor extensión de terreno y a un tiempo futuro, para gestionar correctamente los recursos.

Y siguiendo esa estrategia, se debería reconsiderar algunas de las soluciones correctoras propuestas para el delta del Ebro y el Mar Menor que incluyen, precisamente, nuevas alteraciones de las condiciones naturales del entorno.

Fuente: Javier Lillo Ramos / THE CONVERSATION,

Artículo de referencia: https://theconversation.com/aprendamos-de-los-desastres-ambientales-del-delta-del-ebro-y-el-mar-menor-131096,



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