“Lo que está ocurriendo era previsible y su rápida propagación responde a los modos de vida de la sociedad actual”. Así lo explica el informe “Emergencias pandémicas en un mundo globalizado: amenazas a la seguridad”, publicado por el Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE). El crecimiento de las ciudades, el cambio climático, la destrucción de los hábitats y la globalización del transporte de personas y animales están detrás de que “el número de enfermedades nuevas por década se haya multiplicado por cuatro durante los últimos 60 años, y desde 1980 el número de brotes por año se haya triplicado”.

Uno de los autores del informe, el médico José Luis Puerta, explica que si bien la peste del siglo XIV tardó tres años en expandirse por Europa, a razón de 5 km diarios, en 2003 el síndrome respiratorio agudo severo llegó de Hong Kong a Canadá 24 horas en avión.

Incluso, la OMS advierte en su web que “es solo cuestión de tiempo que suceda una pandemia grave que pueda provocar millones de muertes y costar más del 1% del PIB mundial”. Si los virus viajan pegados al movimiento de los humanos, también se propagan donde estos se concentran, es decir, en las grandes ciudades. Y una vez que en una aparece una epidemia sólo se puede intentar contener.

Ciudades

Se espera que en 2050 un 66% de la población viva en las urbes. Es más, según datos del Banco Mundial sólo durante la primera década del siglo XXI cerca de 200 millones de personas se mudaron a áreas urbanas en Asia. En países en desarrollo, las urbes están en plena expansión.

“Se trata de un crecimiento mal planificado y con escasez de recursos, condiciones idóneas para la extensión de enfermedades”, recuerda el informe. En el caso del coronavirus, su origen se sitúa en un mercado de la ciudad de Wuhan donde animales domésticos y silvestres convivían a escasos centímetros.

“Sin buenos controles veterinarios, los animales se pueden convertir en intermediarios de la propagación. Por otro lado, no hay que olvidar que dos tercios de la población de las grandes ciudades viven en barriadas mal construidas alrededor de los centros urbanos. Esas zonas de chabolas están construidas de chapa y cartón y no cuentan con una gestión de agua correcta. Es una realidad que ocurre en muchos lugares del mundo y en ellas es muy alta la prevalencia de tuberculosis, diarreas o neumonías bacterianas”, explica Víctor Briones, catedrático de Sanidad Animal de la Universidad Complutense de Madrid.

Conquista de hábitats naturales

A la calidad de las urbanizaciones se suma otro factor fundamental: la conquista de hábitats naturales, para nuevas ciudades o para la actividad agrícola y ganadera. “Varios de los llamados virus emergentes han aparecido porque se han colonizado zonas donde hasta ahora no había humanos”, confirma Margartia del Val, investigadora en el Centro de Biología Molecular “Severo Ochoa” (CSBMO-CSIC-UAM).

El informe señala que seis de las ocho enfermedades que más preocupan, incluido el ébola, provienen de animales. Y hay infinidad de ejemplos en las últimas décadas. La fiebre Lassa se contagió a través de roedores que acudieron a zonas habitadas del oeste de África ante la destrucción de sus bosques.

La enfermedad de Lyme en EEUU está asociada a los cazadores porque se transmitía por una garrapata (al desaparecer depredadores naturales de los ratones, el virus saltó a los humanos).

El virus Nipah se transmitió en 1998 por Malasia gracias a la intervención como intermediarios de los cerdos de un granja situada al borde de una selva tropical. El huésped natural era el murciélago. La fiebre del Valle del Rift o la de Crimea-Congo tienen un origen similar.

Precedentes en las ciudades

“Ha habido otros dos casos anteriores de coronavirus: el SARS de 2009, que provocó hasta un 10% de mortalidad, era menos contagioso y se difundía entre personas cuando ya presentaban síntomas, y el MERS o coronavirus de los camellos, que saltó en Arabia Saudí. La enfermedad era mucho más mortal aunque sólo se transmitía con contacto directo entre persona y animal. El problema con el virus de ahora, el SARS-CoV-2, es que no se controla a los contagiadores. Aunque no hace falta irse tan lejos. En Majadahonda, a partir de la expansión creciente del municipio hacia los montes de Madrid, se empezó a verificar un aumento de casos de leishmania en perros. Para ellos puede ser relativamente benigno pero puede ser muy malo para personas con ciertas patologías”, explica del Val.

Protección

Acabar con la biodiversidad fruto de la ocupación del suelo nos resta protección: “El ser humano está simplificando los ecosistemas y es su biodiversidad lo que les hace resilientes. Cuando hay variedad de huéspedes, se produce una dilución en las concentraciones de virus. Si desaparecen intermediarios, algunos de los cuales no son buenos para alojar a estos organismos, al final quedan solo especies que tienen condiciones favorables para su desarrollo”.

“También hay un efecto amortiguación provocado por el hecho de que los hospedadores evolucionan creando defensas. En un par de años la población adulta mundial probablemente será ya más fuerte contra el coronavirus, pero esa inmunidad ya la estaban adquiriendo otras especies animales en la naturaleza por nosotros. En casos como el virus del Nilo o la gripe aviar está bien documentado que la biodiversidad ayuda a proteger a los humanos de contagios. La enfermedad de Lyme, por ejemplo, es más habitual cuando descienden ciertas especies como las zarigüeyas”, explica Fernando Valladares, investigador de cambio climático del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Epidemia en las ciudades

Tampoco hay que olvidar que el cambio climático está favoreciendo la expansión de ciertas enfermedades infecciosas de origen tropical. Especialmente aquellas que transmiten los mosquitos.Lo importante ahora es ralentizar los contagios y ganar tiempo, para evitar el colapso de los sistemas sanitarios. Para ello es necesario hacer un ejercicio de responsabilidad individual por el bien social y quedarse en casa.

“Una vez que una epidemia ha llegado a una gran ciudad lo único que se puede hacer es contener y luego aprender a prevenir para que no sucedan nuevas situaciones como ésta. Lo que está ocurriendo es resultado de lo que se ha hecho en los últimos años. En este sentido, las políticas sociales son políticas de salud: se reconoce la baja laboral, la gente se puede quedar en casa aislada y prevenir contagios. Pero también se debe hacer planificación para evitar otras pandemias típicas de las ciudades como enfermedades cardiovasculares o respiratorias, provocadas por obesidad y contaminación. Es fundamental un buen transporte público y una política de alimentación, además de una buena planificación del sistema sanitario”, opina Usama Bilal, profesor de Epidemiología y Bioestadística de la Universidad de Drexel (Filadelfia).

Fuente: Eva Martínez Rull / La Razón,

Artículo de referencia: https://www.larazon.es/medio-ambiente/20200313/6dvdshby7ngbho5h3gx74pxkiy.html,



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