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El 2 de octubre de 1820 un decreto expedido por las cortes españolas regulaba por vez primera en nuestro país una ley para proteger a inventos e inventores, y se otorgaba la potestad de expedir el oportuno certificado al Secretario de Gobernación. La patente surge con la intención de salvaguardar los intereses de los creadores y concederles derechos exclusivos sobre sus invenciones, a fin de fomentar la innovación y el desarrollo tecnológico.

Un primer esbozo lo encontramos en la antigua Grecia –allá por el siglo sexto antes de Cristo- cuando se promulgó una ley que protegía a las recetas de cocina. En ella se recogía que «el que conciba una receta diferente y original posee el derecho de ser el único en cocinar ese plato durante un año».

Las exquisiteces gastronómicas de los BerasateguiArzúa Subijana del momento quedaban protegidas así durante un breve lapso de tiempo, a todas luces insuficiente.

Al no disponer del nombre de los beneficiarios de la receta ni de los ingredientes de la misma no podemos considerarlas en sentido estricto como la primera patente de la historia.

Un genio renacentista

Para conocer cuál ostenta ese honor tenemos que avanzar en el tiempo y situarnos en el siglo quince, momento en el que uno de los más importantes arquitectos italianos consiguió una dispensa especial para una de sus invenciones. Su nombre era Filippo Brunelleschi (1377-1446).

Este genio, a ratos arquitecto, a otros escultor, pintor y orfebre, guardaba con extremo celo sus diseños, por el temor a que otros artistas, dotados con un menor talento, pudieran copiarlos sin su permiso.

Su obra más emblemática, por la que es mundialmente conocido, es la cúpula de la catedral de Florencia, uno de los símbolos de la ciudad. En su construcción no sólo demostró su pericia técnica, sino también sus conocimientos matemáticos y su habilidad para los negocios.

Para la construcción de la cúpula de base octogonal, inspirada en la del Panteón de Roma, fue preciso diseñar máquinas y grúas que elevasen los materiales. Fue precisamente en este punto cuando aparece la patente.

La primera patente: Il Badalone

En el concurso del diseño presentó ante los mandatarios de la República de Florencia un esbozo, deliberadamente inconcluso, para transportar el mármol desde Carrara -a través del impredecible río Arno- hasta las puertas de la ciudad.

El arquitecto planteó unas barcazas especiales a las que bautizó como «Il Badalone» –el monstruo- guarnecidas con una poderosa grúa que se destinaría para la carga y descarga del preciado mármol.

Brunelleschi, consciente de la importancia del momento, solicitó que se le concedieran las prerrogativas sobre dicha invención, petitoria a la que finalmente accedieron los gobernantes florentinos. Era el 19 de junio de 1421.

En la dispensa se recogía que en caso de que otro navío copiase el diseño sería inmediatamente calcinado. El derecho sobre el monopolio tendría fecha de caducidad, prescribiría a los tres años de la concesión.

Con lo que no contaba el maestro renacentista era con el tiempo que tardaría en fabricar la embarcación. Transcurrieron tres largos años para que Il Badalone pudiera ser botado, y en su primera travesía la fortuna quiso que se hundiese a la altura de la ciudad de Empoli, sin poder completar el periplo. Con este siniestro fluvial se ponía fin a la primera patente de la historia.

Fuente: Pedro Gargantilla / ABC,

Artículo de referencia: https://www.abc.es/ciencia/abci-monstruo-y-tragedia-marcaron-primera-patente-historia-201907010135_noticia.html,



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