Australia se ha convertido en la «zona cero» del cambio climático. Lo que hasta ahora era un concepto lejano y abstracto, ha pasado a ser una realidad temible y acuciante. Los pavorosos incendios han causado la muerte de al menos 33 personas, han afectado a 480 millones de animales y han arrasado una superficie de más de 10 millones de hectáreas.

La sequía dejó paso al récord de temperaturas y a los vientos racheados que convirtieron el sureste del país en una auténtica pira. Después llegaron la inundaciones y las tormentas de polvo, en una secuencia apocalíptica de episodios de clima extremo.

«Australia está en llamas por una sencilla razón: la temperatura de la Tierra está aumentando«, advierte el naturalista británico David Attenborough. Los científicos alertan de que lo que está ocurriendo en las antípodas podría ocurrir en esta década y en otras partes del mundo si se supera la línea roja de 1,5 grados.

2019 fue el año más cálido y seco en la historia de Australia. A la subida achacable al cambio climático se ha unido el fenómeno conocido como «dipolo del Océano Indico» (también llamado El Niño indio).

Esta anomalía causa temperaturas más altas de lo normal a ambos lados del Océano Indico y ha contribuido tanto a las inundaciones en África como a la sequía en Australia, que ha afectado sobre todo a los dos estados del Sureste: Nueva Gales del Sur y Victoria (con un índice de lluvias un 20% inferior a lo normal).

Aunque el 35% del país es árido o semiárido, estos dos estados son precisamente los de clima más templado y mayor riqueza natural, y también de mayor atractivo turístico, de Sidney a Melbourne, de las Montañas Azules al Parque Nacional de Flinders Chase.

Los fuegos de Australia

La temporada de incendios se adelantó en el 2019 a septiembre (la primavera austral). Aunque se sospecha que algunos pudieron ser intencionados, la combinación de la sequía con las altas temperaturas tuvo un efecto letal.

El 18 de diciembre fue el día más caluroso jamás registrado en Australia, con una temperatura media de 41,9 grados y máxima de 49,9 grados en Nullarbor. En el momento más crítico se detectaron más de 200 focos en el sureste de Australia. La superficie afectada por los incendios es ya superior a la de Andalucía.

Aunque los fuegos de 1974 afectaron a una extensión aún superior, la magnitud de la devastación ha sido esta vez mucho mayor. Más de 1.500 hogares fueron destruidos y decenas de pueblos fueron evacuados. Miles de australianos y de turistas encontraron refugio temporal en playas como Mallacoota.

La respuesta

La respuesta ante la emergencia fue muy tardía. El primer ministro, Scott Morrison, se encontraba de vacaciones en Hawai en el momento crítico. Desde su victoria en mayo al frente del Partido Liberal, el político conservador se ha alineado con el presidentes de EEUU, Donald Trump, y con el de Brasil, Jair Bolsonaro, en el frente «negacionista».

En su mensaje de Navidad pidió «paciencia» a sus compatriotas y apeló al espíritu combativo para emular a «pasadas generaciones que se enfrentaron a desastres, inundaciones, fuegos, epidemias y sequías». Morrison se resistió durante semanas a establecer un posible vínculo con el cambio climático y un miembro de su equipo llamó «lunáticos» a los activistas.

Australia es el tercer mayor exportador de combustibles fósiles del mundo: entre el 2000 y 2015, sus exportaciones de carbón se duplicaron y actualmente representan el 29% del comercio mundial. Pese a contar con el 0,3% de la población mundial (24 millones de habitantes), es el decimocuarto emisor más grande.

La vida silvestre de Australia

Los incendios del sureste de Australia pueden haber afectado -o causado la muerte- a 480 millones de animales, según estimaciones del profesor Chris Dickman, de la Universidad de Sydney (a partir de un censo de mamíferos, reptiles y aves realizado por la organización conservacionista WWF en el 2007).

Se cree que un 30% de la población de koalas de Nueva Gales del Sur puede haber muerto en los incendios, al igual que gran parte de su población en el «santuario» de Isla Canguro. «Han desaparecido de muchas zonas, y los que han sobrevivido no tienen donde comer porque sus hábitats han sido destruidos», advierte Mike Letnic, profesor de la Universidad de Sydney.

Decenas de especies autóctonas o amenazadas, como los antequinos o las cucaburras, han visto también mermadas sus poblaciones. Los fuegos han causado también enormes pérdidas en la agricultura y en la ganadería (se estima que más de 100.000 ovejas murieron también en Isla Canguro).

Por la riqueza de su fauna y su flora, Australia está considerado como uno de los 17 países megadiversos. Se estima que en su territorio alberga entre 600.000 y 700.000 especies, y que más del 80% de las plantas y de los mamíferos son «endémicos» y no se encuentran en ninguna otra parte del mundo.

El impacto

Los satélites de la NASA han detectado cómo el humo de los incendios de Australia ascendió hasta 17,7 kilómetros en la estratosfera y dio la vuelta al mundo en las dos primeras semanas de enero. Se estima que la cantidad d CO2 liberada por los fuegos equivale a las emisiones de ocho meses de Australia.

El humo tiñó de gris los glaciares de Nueva Zelanda y llegó incluso a las costas de Suramérica. Los incendios hicieron casi irrespirable el aire en la capital, Canberra, que llegó a registrar niveles hasta 20 veces por encima de los niveles máximos de partículas contaminantes. En Sydney, Melbourne y Adelaida se instaló una capa de smog que obligó a suspender el arranque del Open de Australia de Tenis.

El humo de los incendios dejó paso a las lluvias torrenciales, con máximas de 54 milímetros por metro cuadrado en apenas media hora en la localidad de St. Albans. Días después, una nube de polvo de más de 200 kilómetros de ancho (procedente de las tierras agrícolas afectadas por los incendios) barrió gran parte del interior de Nueva Gales del Sur y produjo escenas apocalípticas en poblaciones como Dubbo, Broken Hill, Nyngan y Parkes.

El futuro de Australia

Aún no existe una evaluación de los daños causados, se teme que los incendios tengan un grave impacto en la economía en el 2020. Pese a la sensación de que lo peor ya ha pasado, los meteorólogos advierten que, pasadas las lluvias, puede volver a una situación de alto riesgo hasta el final del verano austral.

Un estudio del Instituto de Cambio Climático de la Universidad Nacional de Australia predice que el 2050 no habrá «invierno» en el país (salvo en la isla de Tasmania). El informe sugiere la irrupción de una estación que podría llamarse «nuevo verano», con temperaturas sostenidas por encima de los 40 grados.

Las lecciones

«En el sureste de Australia, la frecuencia del riesgo extremo de incendios subirá del 4% 25% en el 2020», advertía ya en el 2007 el Informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), que preveía «una mayor intensidad y un menor intervalo entre los fuegos» por el aumento de las temperaturas.

En el 2008, Australia tomó medidas potenciando la investigación en recursos de prevención, mitigación y adaptación al cambio climático. Como ministro del Tesoro, antes de su llegada al poder, Scott Morrison, retiró prácticamente la financiación de esos programas.

La oleada de incendios ha dejado en evidencia la ausencia de compromisos políticos ante la evidencia científica. En marzo del 2019, 300 científicos escribieron a los gobiernos federales y locales criticando la gestión territorial y las prácticas de «desbroce de vegetación nativa» que en su opinión han contribuido a la sequía.

En abril, la organización Emergency Leaders for Climate Action escribió al Gobierno australiano demandando una nueva flota de aviones contraincendios, pero la respuesta se demoró durante meses y los cuatro nuevos aviones no estuvieron disponibles hasta bien avanzada ya la temporada de incendios.

La falta de medidas preventivas y de coordinación entre el gobierno central y los gobiernos locales de Nueva Gales del Sur y Victoria saltaron a la vista en los momentos más críticos de las tareas de extinción, que requirieron la movilización de 3.000 soldados reservistas.

Fuente: CARLOS FRESNEDA / EL MUNDO,

Artículo de referencia: https://www.elmundo.es/ciencia-y-salud/ciencia/2020/01/28/5e302d9221efa04c5b8b45ae.html,



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