Probablemente muchas personas cada vez que tienen sed sólo se dirigen a la nevera, se sirven un vaso de agua, beben y dan por cubierta su necesidad de hidratación, pero dificilmente se detienen a pensar sobre la problemática que aqueja a los recursos acuáticos a escala mundial. Nuevos términos como el estrés hídrico son usados actualmente para explicar el deterioro del agua dulce, el estado de contaminación lagos y ríos o la sobreexplotación de los acuíferos. Por ello se debe actuar desde ya.
 
A nivel doméstico, diariamente se utiliza el agua para el aseo personal, la cocina, la limpieza del hogar o para hidratarnos, pero este recurso se acaba. Incluso, en unos pocos años, el tema podría generar serios conflictos internacionales por sus mecanismos de conservación. Para evitar esto, desde hace algún tiempo se han venido implementando efectivas políticas de manejo en varios países del mundo pero en la Fundación La Tortuga están convencidos de que el cambio, antes de producirse a nivel industrial y agrario, sectores con mayor demanda de agua dulce, primero debe ocurrir en el hogar.

Por su parte, más allá de la alta demanda y la contaminación, los recursos hídricos no escapan de la vulnerabilidad de los impactos del cambio climático. En Venezuela, cerca del 70% de la electricidad proviene de centrales hidroeléctricas. La disminución de las precipitaciones podrían afectar los caudales de las cuencas donde se genera la electricidad y las consecuencias de esto se verían rápidamente reflejadas en casas, empresas y fábricas. Asimismo, conviene recordar que a pesar de que el agua que necesite el hombre sea dulce, la responsabilidad ambiental se debe aplicar para los espacios marinos, dada la situación de que la mayoría de las actividades que realiza el hombre en tierra firme para su desarrollo, impactan sobre los mares y océanos, justo en las zonas donde se encuentra la seguridad alimentaria de buena parte de la población mundial.



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