¿Por qué hay tanta variedad de formas y tamaños de perros?

Cuando los artículos periodísticos hablan de "el gen" del pelo rojo, el del alcoholismo o el del cáncer de mama dan la falsa impresión de que la mayoría de los rasgos están determinados por un solo gen, o como mucho por unos pocos. En realidad la genética que determina la morfología canina es una absoluta aberración de la naturaleza, donde una característica física o una enfermedad suelen ser el resultado de una compleja interacción de muchos genes, cada uno de los cuales hace su propia contribución. La estatura de un humano, por ejemplo, depende de la interacción de unas 200 regiones genéticas.

Entonces, ¿por qué los perros son un caso aparte? ¿Por qué son tan diversos entre sí? La respuesta, dicen los investigadores, está en su atípica historia evolutiva. Los canes fueron los primeros animales en ser domesticados por el hombre, un proceso que se inició hace entre 20.000 y 15.000 años, probablemente cuando los lobos comenzaron a buscar alimento en torno a los asentamientos humanos. Los expertos discrepan a la hora de calibrar hasta qué punto el ser humano intervino en la siguiente fase, pero con el tiempo, cuando empezó a usar a los perros para cazar, guardar la casa y tener compañía, la relación era ventajosa para ambas especies.

Al amparo de los riesgos y dificultades que supone la naturaleza en estado puro, en la que sobrevive el más válido, aquellos perros semido­mesticados medraron pese a presentar mutaciones genéticas perjudiciales (como, por ejemplo, ser paticortos) que los hubieran conducido a la extinción en poblaciones salvajes más pequeñas.

Miles de años después, los criadores echaron mano de esa materia prima tan diversa para crear las razas modernas. Para obtener el perro deseado seleccionaban las características que buscaban entre múltiples razas, o intentaban replicar rápidamente las mutaciones en una raza determinada. También favorecían lo novedoso, pues cuanto más se distinguiera una estirpe canina de otra, más probable era que se granjease el re­­conocimiento oficial como nueva raza. Esta se­­lección artificial tendía a favorecer genes únicos y de gran impacto, con lo cual las características de la raza se consolidaban con una rapidez a la que jamás podrían aspirar grupos de genes de influencia más modesta.

Un descubrimiento clave

Este descubrimiento tiene implicaciones que los científicos empiezan a descifrar, en primer lugar para la comprensión de los trastornos ge­­néticos humanos. En estos momentos ya se han identificado más de cien enfermedades caninas relacionadas con mutaciones en genes concretos, y muchos de ellos tienen su equivalente humano. 

Tras esas dolencias puede haber toda una serie de mutaciones que se traduzcan en una predisposición a padecerlas, igual que sucede con los humanos. Pero como los perros han sido "aisla­dos", genéticamente hablando, en razas que han evolucionado a partir de unos pocos individuos originales, cada raza presenta un número mucho más reducido de genes alterados (a menudo uno, dos como máximo) responsables de la patología. Por ejemplo, los investigadores de Cornell que estudian la retinosis pigmentaria, una enfermedad ocular degenerativa que afecta tanto a perros como a personas, han descubierto que podría estar causada por 20 genes caninos diversos. 

Pero el hecho de que el gen responsable no sea el mismo en los schnauzer que en los caniches ha dado pistas a los investigadores y les ha abierto el camino para la investigación en los seres humanos. Mientras tanto, gracias a un estudio reciente sobre un tipo raro de epilepsia en los teckels, se ha identificado la que parece ser una firma genética única, que podría arrojar luz también sobre la versión humana de la enfermedad.

En resumen, cuando los criadores victorianos seleccionaban perros solo para satisfacer sus gustos, estaban creando poblaciones genéticamente aisladas sin imaginar que en el futuro resultarían muy útiles para la investigación científica. Las posibilidades son especialmente prometedoras en el campo de la oncología; ciertos tipos de cáncer pueden aparecer hasta en un 60 % de los individuos de algunas razas caninas, pero solo en uno de cada 10.000 humanos.



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