En los últimos meses se han concedido dos merecidos premios a sendas paisajistas españolas: el Nacional de Restauración y Conservación de Bienes Culturales a Carmen Añón Feliú y la medalla de oro a las Bellas Artes adjdicada a Consuelo Martínez-Correcher. 

Estamos de enhorabuena. Sin embargo, es de lamentar que una profesión que está regulada y/o goza de un amplio reconocimiento social en la mayoría de los países del primer mundo no lo esté en España; que los grados y posgrados existentes en nuestro país sobrevivan de mala manera y que para adquirir conocimientos sea más fácil marcharse al extranjero. 

La figura del paisajista es clave para diseñar espacios resilientes capaces de combatir problemas derivados del cambio climático. Es una cuestión política reconocer e integrar a estos profesionales en la toma de decisiones para pasar, de una vez por todas, de la “era del ladrillo y el cemento” a la “era del árbol y del agua”.



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