El cambio climático está juntando a especies que se separaron hace millones de años

Aunque el sapo balear y el europeo pueden compartir espacio y tiempo, los primeros prefieren territorios más bajos que los segundos. Además, sus ciclos vitales, hábitats y periodos de apareamiento no coincidían hasta ahora. Pero el calentamiento global ha trastocado la vida de estos anfibios. En concreto, el sapo europeo ha retrasado su periodo reproductivo hasta coincidir con el del sapo balear. Y este ha ascendido desde hace una década cada vez más arriba, hasta llegar a las zonas del sapo europeo.

Este ascenso de las montañas de muchas especies es una de las consecuencias más evidentes del cambio climático. En el volcán Chimborazo (Ecuador), plantas que solo crecían a una determinada altitud hace 200 años, ahora lo hacen mucho más arriba. Un fenómeno similar está sucediendo en Sierra Nevada, en el sur de España. En los montes granadinos crece el 7% de las 24.000 especies de plantas vasculares de clima mediterráneo.

"El 25% de las especies vegetales de Sierra Nevada está en proceso de hibridación", dice Juan Lorite, profesor de Botánica de la Universidad de Granada. Los cambios en los patrones climáticos están haciendo que especies de cotas más bajas emparentadas con las que crecen montaña arriba prosperen cada vez a mayor altitud, creando nuevas oportunidades para la hibridación. "El 50% de las especies restantes podría seguir el mismo camino", añade Lorite. El resto son reliquias de la última glaciación y el abismo genético con las especies circundantes hace poco probable que se mezclen. "Podrán desaparecer, pero por el cambio en las condiciones que les permiten vivir", aclara el profesor.

La hibridación no es mala de por sí. De hecho, es uno de los procesos más habituales en la evolución. Se da, por ejemplo, en el 40% de las familias de plantas. Además de habitual, tiene sus ventajas. Una es que favorece la diversidad genética y el trasiego de adaptaciones ventajosas de una especie a otra. Es lo que le sucedió al ratón común europeo en la última parte del siglo pasado. Acosado por la warfarina, un fármaco anticoagulante muy eficaz como raticida, sobrevivió gracias a los genes que le prestó un pariente cercano, el ratón moruno (Mus spretus). Los híbridos de ambos son resistentes a la warfarina.

Sin embargo, a medida que dos especies que en el pasado fueron una se van separando, la naturaleza levanta barreras a su reencuentro. Pueden ser geográficas, como mares, ríos o montañas. También ecológicas, cuando dos animales comparten espacio pero tienen ciclos vitales, nichos o presas diferentes. Al final, el tiempo construye la barrera más definitiva, la genética. La que, como en el caso de los sapos, dificulta que los híbridos prosperen.



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