La escasez de alimentos y su creciente aumento de precios, un 48 por ciento, amenaza con desatar en Nicaragua una crisis humanitaria por desnutrición y hambre, en un país donde 1,5 millones de personas consumen menos calorías de las necesarias, alertaron especialistas.

Sólo en el primer trimestre del año, el precio de los alimentos de la canasta básica subió un 48 por ciento, llevando la inflación interanual al 18,91 por ciento, la más alta de la región (el pasado año fue de 16,88 por ciento la más alta de la década).

El director del Centro de Investigaciones de Políticas Ambientales (CIPA), el sociólogo Cirilo Otero, alerta de que la ingesta calórica de 1,5 millones de nicaragüenses es menor a las 2.500 calorías recomendadas por la Organización Mundial de la Salud, y de que existen lugares en el noroeste del país donde la población apenas consume 500 calorías.

El efecto más dramático de esta crisis alimentaria se reflejará, advierte un informe del CIPA, en una desnutrición aguda y crónica, ceguera prematura, baja estatura, daños en la piel y déficit en el aprendizaje.

Según este estudio, “es dramático” ver cómo en Nicaragua se perdió la capacidad de producir alimentos, y cómo una gran población de campesinos emigró para convertirse en ciudadanos marginales de la capital y países como Costa Rica, El Salvador y Guatemala.

Ante esta situación de consecuencias imprevisibles, arrastrada por la subida de los precios de los alimentos y del petróleo en el mercado internacional, el mandatario Daniel Ortega convocó la semana pasada una reunión de presidentes de la región para el 7 de mayo, para perfilar “una estrategia agroalimentaria de largo plazo”.

Pero la crisis alimentaria viene de atrás, ya que los gobiernos de los últimos años, “sin temor a equivocarnos”, no hicieron nada por la producción de alimentos básicos, dijo Otero quien arremetió contra “el grave de error” de firmar Tratados de Libre Comercio (TLC) sin antes “desarrollar las capacidades internas de producción”.

Desde hace 10 años, en Nicaragua se registra una disminución constante de la producción, a lo que se suma que unas 500.000 hectáreas de tierra con vocación agropecuaria y ganadera “están en desuso” por las sucesivas oleadas migratorias del campo a la ciudad o porque resulta más barato importar que producir, explicó Otero.

Productos como el aceite vegetal que tradicionalmente se producía de la semilla de algodón, maní o girasol, ahora se importan en un 100 por ciento; mientras que la producción de arroz, sólo satisface el 45 por ciento de la demanda nacional, señaló el sociólogo.

Además, el 60 por ciento de la producción de granos, hortalizas y legumbres, a manos de unas 220.000 familias campesinas, se exporta hacia el Salvador y Guatemala.

No es la primera vez que se cierne una crisis alimentaria sobre el país centroamericano, el más pobre del continente después de Haití.

En 2001, la sequía y la caída de los precios internacionales del café provocaron el éxodo de campesinos desde lugares remotos de la montaña y zonas secas hacia los centros urbanos.

El programa social Hambre Cero instaurado por el gobierno sandinista, al estilo del que hay en Brasil y otros países, es según Otero insuficiente tanto en su implementación como en recursos, pues sólo cubre a 35.000 campesinos.

“Ello no provocará ningún cambio importante”, concluyó Otero.



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