Al ornitorrinco le toca siempre el sambenito de bicho raro. Este mamífero peludo provisto de pico plano y pies palmeados, que pone huevos pero amamanta a sus crías y que tiene un espolón venenoso en las patas traseras parece una excentricidad de la evolución, una quimera.

Cuando los naturalistas lo hallaron en Australia en el siglo XIX alguien sugirió que era fruto del último instante de la creación, un ser formado con las piezas sueltas que le sobraron al hacedor tras ensamblar al resto de animales.

Sin embargo, no fue el último que llegó a la fiesta, sino uno de los más madrugadores. El ornitorrinco (Ornithorhynchus anatinus) es sumamente primitivo, el mamífero cuya línea evolutiva más se aleja del ser humano.

Evolucionó a partir de un ancestro común hace 166 millones de años, cuando los antepasados de los mamíferos empezaban a evolucionar a partir de los reptiles.

Es lo que acaba de demostrar un consorcio internacional de científicos que acaba de secuenciar su genoma completo, lo que ofrece las evidencias moleculares de su ancestral origen.

Pero además de corroborar lo primitivo que es, los científicos han comprobado, sobre todo, lo extraño que es. No es sólo que parezca raro, es que su extravagante anatomía y fisiología se corresponden también con una gran singularidad genética: es un cóctel de genes relacionados con los reptiles, las aves los actuales mamíferos.

Rasgos que hoy no suelen aparecer juntos, pero que sí debieron estarlo en el pasado, cuando la naturaleza creaba nuevos diseños.

El trabajo se da a conocer en la revista Nature y ocupa su portada con un gran despliegue de artículos relacionados. Decenas de equipos han colaborado para secuenciar el genoma del ornitorrinco y para compararlo con otros ya conocidos como el del hombre, el raton, el perro, un marsupial americano y un tipo de lagarto.

Uno de los autores líderes, el investigador Chris Ponting, de la Universidad de Oxford, afirma en Nature: "El genoma del ornitorrinco es muy importante porque es el eslabón perdido en nuestro conocimiento de cómo hemos evolucionado nosotros y el resto de mamíferos. Es el billete para volver atrás en el tiempo, cuando todos los mamíferos ponían huevos y amamantaban a sus crías. Además, nos ofrece un saber básico para futuros avances en el conocimiento de la biología y la evolución de los mamíferos".

Colaboración Española

Por parte española, el Instituto de Oncología de la Universidad de Oviedo ha participado también en el estudio. Carlos López-Otín explica que a su equipo le ha correspondido analizar la parte del genoma que codifica las proteasas, un grupo de más de 600 proteínas que ayudan a digerir las proteínas de la dieta.

Han descubierto que el ornitorrinco tiene algunas proteasas que faltan en los demás mamíferos y carece de otras que son comunes al resto porque ha perdido los genes que las codificaban.

López-Otín cree que han detectado la clave molecular de por qué estos animales no tienen un estómago como el del resto de mamíferos y suple con estrategias mecánicas o fisiológicas la ausencia de proteasas."Hemos visto que no es necesario ganar genes y funciones para evolucionar sino que se pueden usar otros"para seguir viviendo, concluye López-Otín.

El granito de arena aportado por el equipo español se une a las aportaciones del resto. Al poder comparar el genoma del más primitivo de los mamíferos con el nuestro y el de otros intermedios, los expertos esperan poder saber cómo ha ocurrido la evolución y cómo funciona nuestro cuerpo. Podría servir, por ejemplo, para saber por qué enfermamos, o cómo nos defendemos de las ataques.



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