Estudiar los efectos del fenómeno de El Niño
(ENSO) y reconstruir el clima de los últimos
30.000 años en América del Sur y en
el océano Pacífico. Con este objetivo,
un equipo de expertos ha realizado una campaña
científica en Rapa Nui para recoger y analizar
sedimentos y agua de los lagos Rano Raraku y Rano
Aroi. En el estudio han participado los expertos Albert
Sáez del Departamento de Estratigrafía,
Palenteología y Geociencias Marinas de la UB,
Santiago Giralt y Armand Hernàndez, del Instituto
de Ciencias de la Tierra «Jaume Almera»
(CSIC) y Ana Moreno y Blas Valero del Instituto Pirenaico
de Ecología (CSIC).
La campaña está integrada en un proyecto
más amplio sobre paleoclimatología en
América del Sur y el Pacífico, en el
que colabora también el profesor Juan José
Pueyo (Departamento de Geoquímica, Petrología
y Prospección Geológica de la UB) y
expertos de otras universidades españolas;
y en el que se estudian sedimentos lacustres en Argentina
y Chile.
Rapa
Nui, la isla habitada más aislada del mundo,
es de origen volcánico y tiene una superficie
de 163,63 km2. Repleta de conos volcánicos,
surgió hace unos tres millones de años
a causa de la erupción de los volcanes Poike
(el más antiguo de la isla), el Rano Kau y
el Terekava. En la isla, que tiene unos setenta cráteres,
no hay actividad volcánica desde hace unos
3.000 años. En Rapa Nui el agua se filtra en
el terreno volcánico y no hay cursos superficiales
de agua. Los únicos reservorios de agua dulce
en la superficie son los lagos que se encuentran en
el fondo de tres cráteres volcánicos
extinguidos (Rano Aroi, Rano Kau y Rano Raraku).
«Estudiamos el registro lacustre en Rapa Nui
—comenta el profesor Albert Sáez—
porque aquí el fenómeno de El Niño
tiene una máxima influencia en el clima. En
la isla, podemos estudiar el registro de las distintas
señales paleoambientales en los sedimentos
lacustres sin encontrarnos las interferencias derivadas
de la altitud, los ciclos solares, las erupciones
volcánicas, etc., que son frecuentes en registros
lacustres de los Andes (lago Chungará, etc.).
Obtener unas señales mucho más puras,
más específicas, nos ayudará
a entender mejor la paleoclimatología y la
dinámica climática en el área
del océano Pacífico donde el efecto
de El Niño es importante».
En la primera fase del estudio, el pasado marzo,
y con una torre de perforación alzada sobre
una plataforma flotante de una tonelada de peso, se
recogieron muestras de sedimento en los lagos Rano
Raraku y Rano Aroi. El lago Rano Kau, en el extremo
suroeste y próximo a la capital Hanga Roa,
ocupa el fondo de un cráter de 1,5 km de diámetro
y tiene una altura superior a los 200 metros. Con
unos 2,5 millones de años de antigüedad,
se eleva 324 metros sobre el nivel del mar. El lago
tiene vegetación abundante, dominada por la
totora y otras plantas adaptadas a ambientes acuáticos
que forma turberas flotantes. El lago Rano Raraku,
en la parte este de la isla, está en el fondo
de un cráter más pequeño, y en
sus márgenes se encuentra la pedrera donde
esculpían la mayoría de los moais, las
enigmáticas estatuas que han hecho famosa la
isla. El agua del lago Rano Aroi, situado en un cráter
satélite del gran volcán Terekava, se
está utilizando para regar, de forma que hoy
en día el lago está desecado y se ha
convertido en una turbera.
«Los lagos son buenos sensores climáticos
y ambientales —comenta el profesor Albert Sáez—
y concentran en sus sedimentos las variaciones ambientales
de grandes áreas geográficas de su entorno».
En conjunto, en los dos lagos estudiados, se han recuperado
diez testimonios de hasta dieciséis metros
de profundidad, con los cuales se estudiará
el registro sedimentario. Además, se han tomado
muestras de agua para estudiar las características
hidrológicas actuales. Los sedimentos de los
lagos, si tienen determinadas características
favorables, como por ejemplo, una laminación
fina, «son claves para conocer mejor el clima
y su variabilidad a varias escalas temporales, que
van desde las estaciones anuales hasta decenas de
miles de años» explica Sáez.
No es la primera vez que se estudian las variaciones
climáticas en esta remota isla del Pacífico.
En Rapa Nui anteriormente otros expertos seguían
los efectos de El Niño en los corales marinos,
«pero los resultados no iban más allá
de un margen de 100 años» comenta Albert
Sáez. «Esto no es suficiente. Para conocer
bien la variación climática, necesitamos
series de datos mucho más dilatadas en el tiempo,
que puedan aportar información sobre los diferentes
ciclos de alta y baja frecuencia donde se detecta
con más o menos intensidad el fenómeno
El Niño».
Ahora, una vez acabada la primera fase, es el momento
de analizar todo el material recogido en Rapa Nui.
En concreto, se harán análisis geoquímicos,
biológicos y geofísicos para identificar
las señales paleoambientales y entender cuáles
son los cambios que han afectado al fenómeno
El Niño durante el Pleistoceno superior y el
Holoceno. Los resultados, más allá de
la geología y los escenarios del cambio climático,
podrían ayudar a abrir nuevas vías de
conocimiento en historia y arqueología en Rapa
Nui. Más concretamente, en las hipótesis
y el debate abierto sobre la extinción de la
cultura megalítica de los moais.
«En la década de los años 60
—dice Sáez–– el experto John
Flenley de la Universidad de Massey en Nueva Zelanda
inició el estudio de los granos de polen encontrados
en los sedimentos lacustres en Rapa Nui. Según
este estudio, buena parte de la isla estuvo cubierta
al menos durante unos 30.000 años por una abundante
vegetación. Se trataba de grandes palmeras
autóctonas, muy próximas a la palma
gigante chilena, que desaparecieron hace unos 1000
años, poco después de la llegada del
hombre a Rapa Nui. Históricamente la desaparición
de la cultura moai está ligada a un colapso
paleoambiental, provocado por la superpoblación
y la explotación de recursos forestales. Pero
esta visión no tiene en cuenta si hubo cambios
climáticos relacionados con todo esto. No sabemos
si todos estos procesos podrían haber coincidido
en el tiempo con episodios de mayor intensidad o frecuencia
de El Niño, períodos de sequía,
etc. Quizás los primeros habitantes de Rapa
Nui no deforestaron completamente la isla. En todo
caso, sólo con un buen registro paleoclimático
podremos responder a todas estas incógnitas
sobre Rapa Nui».