Habla PROFOR: Lo que queda tras las llamas

 
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La situación climática y meteorológica que venimos padeciendo han puesto en alerta, desde mediada la primavera, a todos los implicados directa o indirectamente en la defensa del medio natural. Una intensa sequía acumulada a lo largo de los dos últimos años, las altas temperaturas propias de este periodo, añadido a otras circunstancias de diversa índole han desembocado en una de las mayores catástrofes medioambientales de las últimas décadas en nuestro país.


Los miembros de PROFOR lamentamos y padecemos de forma muy directa las consecuencias de un incendio como el de Guadalajara o cualquiera de los que hayan tenido lugar en el resto de la Península. PROFOR pretende representar al colectivo de los que trabajamos y sentimos lo forestal de un modo especial y cercano, colectivo que por otro lado se ha visto mermado ya que hemos perdido once profesionales del monte, once compañeros.

A la tragedia humana y el desastre ecológico tenemos ahora que unir una larga estela de declaraciones e informaciones que en nada contribuyen a aclarar lo sucedido y que lo único que consiguen es avivar un fuego ya de por si sobrado de combustible y que no es otro que el de la gran hoguera política. Cada cual es libre de opinar en el sentido que desee pero en estos casos las opiniones deben emitirse desde el conocimiento profundo de las circunstancias y la responsabilidad, frente a la repercusión y las consecuencias de las opiniones vertidas. Lo mismo sucede con el tratamiento de estas noticias que han llevado a cabo algunos medios de comunicación que han hecho del derecho a la información una excusa para proporcionar imágenes o comentarios que lejos de informar dejan entrever morbosamente el sufrimiento de los que han dado su vida por lo que nos da la vida a todos, LA NATURALEZA.

Tras el debate político lo que le llega a la sociedad son ideas como: “no se destinaron los medios suficientes”, “hubo falta de coordinación”, “no se actuó adecuadamente”, etc. Y el año que viene a esperar a que haya más suerte y no ocurra nada. De momento soportaremos el fervor de la adopción de medidas prioritarias, prohibiciones y restricciones, indemnizaciones y habilitaciones presupuestarias de carácter extraordinario en lo que se disipa la bruma de la alarma social y se enfrían las cenizas, nunca mejor dicho. Pero mientras tanto nuestros montes se queman, se pierden y se mueren, y con ellos el empleo de muchas personas.

Lo más triste de esta situación es que se produce en una época en la que se han marcado grandes metas, grandes objetivos para lo forestal ya que, prácticamente todas las Comunidades Autónomas han elaborado sus planes forestales repletos de programas verticales y transversales, de grandes objetivos. Parece que se ha encontrado la panacea, la piedra filosofal para salir de este estado de apatía en el que se encuentra el sector. Un sector forestal que se encuentra en una fase de desorientación en la gestión del monte, de demagogia de las políticas medioambientales, de incongruencia de los sistemas de contratación y fijación del empleo forestal, de falta de sistemas adecuados de formación de trabajadores especializados y de ausencia de conciencia forestal de nuestra sociedad.

Nos obstinamos en subvencionar productos agrícolas excedentarios avocados a la penalización o de dudosa rentabilidad, en otros casos primamos la falta de productividad de algunos agricultores, y si no baste con observar las grandes extensiones de girasol que todos los años se mal siembran y se dejan perder sin tratamiento ni cuidado. Mientras, por otro lado, se vuelve la espalda a las pequeñas empresas forestales de carácter local, al profesional del monte de toda la vida que tiene que soportar la presión de las subcontratas abusivas por parte de las grandes empresas ajenas al mundo forestal, en su mayoría vinculadas a la construcción, que hace unos años dieron zarpazo a este sector.

Ante catástrofes como la de los pasados días es fácil entrar en la valoración a posteriori de lo que sucedió, de cuáles fueron los problemas, de si la intervención fue adecuada, pero seguro que dejaremos de lado cuestiones mucho más trascendentales como la de si el número de helicópteros o cuadrillas debió ser mayor.

Mucho más eficaz sería entrar a valorar el presupuesto que, literalmente se quema, durante las labores de extinción y el efecto de ese presupuesto de haberse realizado como inversión durante los años anteriores, sin hablar de las cantidades de dinero que se destinaran a compensar afectados, paliar pérdidas y recuperar las zonas afectadas. Todo ello destinado al monte con anterioridad redundaría en una mayor superficie sometida a tratamientos selvícolas preventivos de incendios, mejora general de la calidad de las masas, afianzamiento de los empleos existentes en el sector y posibilidad de creación de un mayor número de contrataciones, fijación de población rural en torno al bosque, mejora de las economías rurales como consecuencia de la dinamización del sector forestal, etc…

Antes de considerar la adopción de nuevas medidas debemos plantearnos si la solución están en aumentar la superficie forestal arbolada, o deberíamos pensar en proteger y conservar la que ya tenemos. Mientras tanto seguiremos sumando las hectáreas quemadas este verano y esperando que la próxima campaña pinte mejor.

   
  Asociación de Forestales de España - PROFOR
 
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