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Investigaciones
desarrolladas por Naciones Unidas revelan que desde 1900 la
temperatura media del Planeta se ha elevado entre 0,3 y 0,6
grados centígrados. Pero esto no es todo porque de
seguir este ritmo se prevé que a finales del siglo
XXI el incremento sea de 5,8 grados y la precipitación
global aumente entre el 3 y 15 por ciento. Por estas razones,
la Unión Europea (UE) inició hace unos años
una estrategia para garantizar el desarrollo sostenible y
minimizar el cambio climático mediante el fomento de
las energías renovables, la eficiencia energética
y la responsabilidad medioambiental. Estos aspectos están
recogidos en el Protocolo de Kioto (diciembre, 1997) cuya
ratificación ha supuesto, entre otras cosas, idear
nuevas fórmulas para cuidar el medio ambiente. Una
de ellas ha sido la creación del mercado de derechos
contaminantes para reducir las emisiones de gases de efecto
invernadero, lo que muchos han denominado ya el “mercado
de la contaminación”.
El Protocolo de Kioto se ha fijado como meta reducir un 8
por ciento respecto a los niveles de 1990 las emisiones de
gases de efecto invernadero generadores del cambio climático,
especialmente dióxido de carbono (CO2), para el período
2008-2012 de los países adheridos. Con este objetivo
se pondrá en marchar a partir de 2005 el “mercado
de la contaminación” a través de tres
mecanismos:
- Comercio Internacional de Emisiones: los países industrializados
pueden vender y comprar sus créditos de emisión
entre ellos.
- Implementación Conjunta: los países industrializados
pueden comprar reducciones de emisiones derivadas de proyectos
en otros países industrializados.
- Mecanismo de Desarrollo Limpio: los países industrializados
pueden comprar reducciones de emisiones derivadas de proyectos
de los países en desarrollo.
De
esta forma, e independientemente del mecanismo que se
elija, un país que haya logrado reducir sus emisiones
por debajo de las metas de Kioto podrá vender el
resto de sus derechos de exceso de emisiones a otros países
que generen más contaminación de la permitida
obteniendo un claro beneficio económico por ello.
Todo apunta que los mayores proveedores de aire caliente
serán Rusia, Ucrania y Kazajstán, cuyas
emisiones de CO2 en 2001 fueron el 45 por ciento inferiores
a las emitidas en 1990.
La directiva comunitaria establece que el mercado internacional
de derechos de emisiones contaminantes entre en funcionamiento,
en una primera fase, entre 2005 y hasta finales de 2007,
período durante el cual no habrá objetivos
jurídicos vinculantes que limiten las emisiones
de gases de efecto invernadero en los Estados miembros.
Será a partir de 2008 cuando se lleve a cabo un
ajuste a los objetivos de Kioto, de acuerdo con los inventarios
nacionales de este tipo de gases. |
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| La
preocupación por el planeta es cada vez mayor
por parte de los países |
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La asignación de cuotas de emisión es una tarea
difícil. Tal y como refleja la Comisión Europea
en el texto oficial sobre el comercio de derechos de emisión
de gases de efecto invernadero y el programa sobre el cambio
climático: “En la primera etapa se determinará
los sectores y empresas que participarán en el sistema.
Después de 2008, los Estados miembros deberán
llegar a un acuerdo sobre la distribución de las cargas,
respetando al mismo tiempo los objetivos de reducción
de las emisiones impuestos por el Protocolo de Kioto”.
Cada Estado miembro de la UE será el encargado de realizar
el reparto de cuotas de emisiones cada año entre los
distintos sectores de actividad: producción de energía,
acero, cemento, cristal, cerámica, papel y cartón.
En el futuro, sin embargo, podrá extenderse a los otros
cinco gases previstos por el Protocolo y a sectores como el
químico o el aluminio.
Las empresas que superen las cuotas asignadas podrán
ser multadas con sanciones de 40 euros por tonelada de CO2
durante la primera fase (2005-2007) y de 100 euros durante
la segunda (2008-2012). No es más que otra forma de
negociar con el medio ambiente, aunque muchos expertos en
cambio climático opinen que el fin es lo que cuenta
y no los medios.
Muchas han sido las Cumbres celebradas a lo largo de esta
última década a favor del medio ambiente y para
conseguir la disminución de los efectos del cambio
climático, pero conseguir unificar posturas y alcanzar
acuerdos unánimes respecto a temas tan complicados
como son los medioambientales no es fácil y por ello
hasta hoy se siguen organizando este tipo de citas entre representantes
oficiales, no oficiales y ONG’s con el objetivo de que
algún día se conseguirá llegar a un acuerdo
internacional. Hasta ahora este tipo de citas han tenido lugar
en Estocolmo (1972), Río de Janeiro (1992), Berlín
(1995), Ginebra (1996), Kioto (1997), Buenos Aires (1998),
Bonn (1999), La Haya (2000), Marrakech (2001), Johannesburgo
(2002) y Nueva Delhi (2002). A continuación hablaremos
de estas dos últimas para ver cuáles han sido
las conclusiones más recientes extraídas de
las Cumbres internacionales sobre acuerdos globales sobre
el medio ambiente.
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| El
Protocolo de Kioto intenta reducir un 8 por ciento
las emisiones respecto a 1990 |
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CUMBRE
DE JOHANNESBURGO
Desde el 26 de agosto al 4 de septiembre, Johannesburgo
(Sudáfrica) acogió la Cumbre Mundial sobre
Desarrollo Sostenible, una reunión donde dirigentes
mundiales, activistas y representantes de empresas se
dieron cita para resolver problemas globales medioambientales,
fundamentalmente, y adquirir compromisos al respecto.
Uno de los objetivos principales que se planteó
la Cumbre desde el primer momento fue la ratificación
de varios tratados internacionales: el Protocolo de Kioto,
el Protocolo de Cartagena sobre Bioseguridad, el Tratado
Internacional sobre Recursos Genéticos de Plantas
para la Alimentación y la Agricultura, el Convenio
de Estocolmo sobre Contaminantes Orgánicos y Persistentes
(COP), etcétera. La firma de estos acuerdos hubiera
significado el compromiso de los países participantes
con el medio ambiente, pero la realidad fue muy distinta
ya que tan sólo se llevó adelante una Declaración
Política y un Plan de Acción. El primer
documento señala el camino recorrido desde la Cumbre
de Río de Janeiro (1992) hasta Johannesburgo, apuntando
los principales desafíos, el compromiso con el
desarrollo sostenible y la necesidad de multilateralismo.
El segundo, más importante, constituye la estructura
para la implementación de los acuerdos sobre reducción
del número de personas en el mundo que no tienen
acceso al agua potable, la biodiversidad y los recursos
pesqueros y ningún objetivo para promover las energías
renovables. |
La
ausencia de compromisos en materias clave como energía
y biodiversidad, de plazos y metas, así como el carácter
no vinculante de los acuerdos dejaron sin efecto la capacidad
atribuida desde el principio a la Cumbre de Johannesburgo.
No obstante, algo que sí fue muy importante y que todos
los asistentes destacaron como inédito fue la amplia
participación de actores no estatales.
CUMBRE DE NUEVA DELHIA
finales de octubre de 2002 se clausuró la Cumbre del
Clima celebrada en Nueva Delhi (India) con una conclusión
final definitiva: fortalecer la colaboración internacional
sobre cambio climático. El tema principal que trataron
los países asistentes fue la inminente entrada en vigor
del Protocolo de Kioto y la definición del papel de
los países en vías de desarrollo en la estrategia
mundial para hacer frente al cambio climático, así
como tomar medidas para reducir sus efectos. También
se anunció que a partir de 2003 podrá empezar
a desarrollarse el llamado “Mecanismo de Desarrollo
Limpio”, que permite a los países con obligación
de reducción de emisiones que financien medidas de
protección del clima en otros países en vías
de desarrollo, con lo que podrían descontarse unidades
de CO2 de su cuenta particular.
Los dos bandos creados en torno al medio ambiente durante
la reunión, la UE y EEUU, dejó patente el desacuerdo
existente respecto a este tema. Por un lado, Europa se mostró
muy decepcionada con el Gobierno de Bush por su inamovible
decisión de no ratificar el Protocolo de Kioto y presionar
para que otros países tampoco lo hicieran –como
los integrantes de la Organización de Países
Exportadores de Petróleo (OPEP)- y por otro, el conjunto
de naciones comprometidas ya con el Protocolo que instaban
a todos a que lo hicieran también. Por ello, aunque
se esperaba que esta reunión sirviera para acercar
posturas respecto al calentamiento global de la Tierra, lo
único que se consiguió, una vez más,
es hacer una declaración de intenciones y no establecer
ningún compromiso concreto y vinculante entre los participantes.
Si la Cumbre de Johannesburgo aún fijó la creación
de dos documentos importantes, esta se puede calificar más
bien de “cumbre de transición” por la falta
de interés percibida por parte de los asistentes.
LAS
POSTURAS DE ESTADOS UNIDOS Y CANADÁ
EEUU es el país más contaminante del mundo,
emitiendo un 25 por ciento de las emisiones totales de
gases incluidas en el Protocolo de Kioto y a pesar de
que sólo cuenta con el 6 por ciento de la población
mundial. El presidente norteamericano, George W. Bush,
mantiene en firme su postura en contra del proyecto medioambiental
de Kioto, después de que se retirara del mismo
en marzo de 2001, porque “es perjudicial para los
intereses económicos de EEUU, ya que cumplirlo
significaría un coste de 400.000 millones de dólares,
y una amenaza para los trabajadores, perdiendo 4,9 millones
de empleos” ya que más de la mitad de la
energía generada por el país procede de
plantas alimentadas por carbón y regular el sector
supondría, según Bush, precios mucho más
altos para la electricidad. |
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| George
W. Bush |
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Por
ello, la Casa Blanca ha propuesto la legislación “Cielos
Limpios” (febrero 2002) como alternativa al Protocolo
de Kioto encaminada a la reducción de la contaminación
en el aire y que se aplicará a las industrias norteamericanas
basando su estrategia en la adopción de medidas voluntarias
en lugar de obligatorias con el objetivo de ralentizar las
emisiones contaminantes pero no reducir su volumen. En concreto,
se contempla la reducción forzada de tres de los peores
gases contaminantes producidos por las plantas que utilizan
combustibles fósiles: óxido de nitrógeno,
dióxido de azufre y mercurio.
La iniciativa prevé que las emisiones de CO2 y otros
gases similares aumenten a un ritmo menor que el crecimiento
de la economía, lo que Bush quiere vender como una
reducción en la práctica. Apuesta porque la
implantación de la legislación de “Cielos
limpios” reducirá significativamente las emisiones
de humo y de mercurio, que pondrán fin a la lluvia
ácida.
El Gobierno estadounidense destinará 4.600 millones
de dólares para incentivos fiscales para las empresas
y personas que decidan participar voluntariamente, con la
compra o puesta en marcha de sistemas de generación
de energía limpia, como la eólica o la solar,
o automóviles híbridos. También promoverá
métodos para quemar carbón de forma más
limpia, potenciará la energía nuclear –que
no produce emisiones- y mejorará la eficacia de los
automóviles, apoyando la investigación en vehículos
impulsados por pila de combustible. Según los cálculos
de la Administración de Bush, con este sistema se lograría
una reducción del 18 por ciento de las emisiones contaminantes
en diez años, período después del cual
el presidente estadounidense se comprometió a revisar
la eficacia de estas medidas y avanzar más contra las
emisiones responsables del efecto invernadero como el CO2.
La UE critica la postura de EEUU puesto que el calentamiento
global es el desafío más terrible y peligroso
de la Humanidad en el próximo siglo y apuesta porque
el recorte de emisiones se lleve a cabo mediante medidas internas
de cada país, la manera más efectiva de concienciar
a toda una sociedad de la necesidad de cambiar las actitudes
de las empresas. En este sentido, numerosas organizaciones
ecologistas también han criticado el plan norteamericano
porque lo consideran ineficaz al basar las medidas únicamente
en la buena voluntad de las grandes empresas.
Con
la creación del mercado de la contaminación,
Bush ve salida a las críticas europeas y cree que
la solución perfecta es la compra de niveles de
emisión de gases que le sobren a otro país.
De esta manera no tendrá que ajustarse a la reducción
del 7 por ciento de emisiones fijado por el Protocolo
de Kioto y podrá seguir contaminando libremente
sin tener que gastar un centavo en minimizar sus propias
emisiones.
Canadá, otro de los países contrarios a
adherirse al Protocolo de Kioto siguiendo la línea
de actuación estadounidese, cambió de actitud
recientemente y el pasado 17 de diciembre de 2002 su primer
ministro Jean Chretien ratificó formalmente el
texto que recogía los compromisos respecto al cambio
climático. Con ello acepta la reducción
de las emisiones contaminantes del país en un 6
por ciento entre los años 2008 y 2012 respecto
a los niveles de 1990.
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| Manifestación
durante la cumbre de Johannesburgo |
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EL
CASO DE ESPAÑA
España es uno de los países que más lejos
se encuentra de cumplir con los requisitos establecidos por
el Protocolo de Kioto. En diciembre de 2002, la Agencia Europea
de Medio Ambiente (AEMA) remitió un estudio al Gobierno
español comunicándole su mala evolución
acerca de alcanzar los objetivos establecidos: el tratado
le permite un aumento del 15 por ciento respecto a los niveles
de 1990 y en la actualidad rebasa el 30 por ciento.
La agencia recuerda que “el reparto de la carga”
pactado por los Quince “ha impuesto límites legalmente
vinculantes a las cantidad que cada uno de ellos puede emitir
dentro del objetivo global”. De ahí que España
se esté exponiendo a una multa de Bruselas y que, una
vez aprobado el comercio de emisiones, las empresas españolas
se vean obligadas a comprar derechos de emisión, dentro
de la UE, a Alemania, Reino Unido o Suecia, países
que pueden cumplir con creces sus compromisos.
En definitiva, el incipiente “mercado de la contaminación”
se trata de un intento de la UE de conseguir reducir al máximo
las emisiones de gases de efecto invernadero en la atmósfera
con el mínimo coste mundial. Las dificultades que existen
sobre el uso de los bosques como sumideros de CO2 y del comercio
de emisiones como alternativa a la contaminación no
consisten tanto en conocer si realmente sirven para absorber
o retener este gas sino en averiguar la capacidad y la confianza
de tener sistemas de medición y de verificación
de las cantidades de dióxido de carbono absorbido o
no emitido. El tiempo será el encargado de desvelar
la eficacia o ineficacia, la utilidad o inutilidad de este
“mercado de la contaminación”, que como
cualquier decisión de instituciones oficiales ha despertado
alabanzas y críticas en los distintos sectores de la
sociedad.
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