A
finales de la década de los 60 comienza a hablarse en nuestro país
sobre el fenómeno de la contaminación atmosférica, principalmente
en las grandes ciudades. Sin embargo, hasta principios de los años
80 no llegan a España noticias desde el norte de Europa sobre las
llamadas "lluvias ácidas". Se empieza a hablar de la muerte de los
lagos en Escandinavia, de la destrucción de la Selva Negra alemana,
la corrosión acelerada de edificaciones y monumentos históricos en
Roma, etc.
Los habitantes de casi todos los países estamos expuestos a unas 500.000
sustancias extrañas al medio ambiente natural, muchas de las cuales
invaden el aire que respiramos y son nocivas para la salud. Otras
sustancias de naturaleza coloidal o gaseosa como el monóxido de carbono,
el ozono, polvos y humos son prácticamente ubicuas en el ambiente
aéreo y resultan de procesos naturales abióticos y bióticos: actividad
volcánica y geotérmica, descargas eléctricas, incendios forestales,
fermentación y respiración celular, producción de energía,
industria, trafico, etc. |
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Los paises nórdicos sufren con frecuencia
los efectos de la luvia acida.
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Todas las sustancias mencionadas se mantienen durante largo tiempo
en rangos de concentración estrechos gracias a eficientes mecanismos
de autodepuracion de la propia naturaleza. Sin embargo, la actividad
industrial genera ahora tales cantidades de sustancias extrañas
que están alcanzando ya el nivel de contaminantes
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peligrosos
para la biota en general, puesto que rebasan la capacidad del ecosistema
para deshacerse de ellos, y sus niveles tienden hacia el aumento,
permanencia e irreversibilidad.
Algunas de las moléculas que contaminan la atmósfera son ácidos
o se convierten en ácidos con el agua de lluvia. El resultado es
que en muchas zonas con grandes industrias se ha comprobado que
la lluvia es más ácida que lo normal y que también se depositan
partículas secas ácidas sobre la superficie, las plantas y los edificios.
Algunas industrias o centrales térmicas que usan combustibles con
cierta cantidad indeseada de impurezas, liberan al aire importantes
cantidades de óxidos de azufre y nitrógeno. Estos contaminantes
pueden ser trasladados a distancias de hasta cientos de kilómetros
por las corrientes atmosféricas, sobre todo cuando son emitidos
a la atmósfera desde chimeneas muy altas que disminuyen la contaminación
en las cercanías pero la trasladan a otros lugares. En la atmósfera
los óxidos de
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