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La
fórmula de la repoblación |
Edición
febrero 2007 |
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| Nació de la observación de 10 plantas que el ingeniero forestal Antonio Estévez cultivó durante dos años en su casa de Orense. Con esta ecuación, asegura, se podría repoblar España
Y la falsa acacia, el pino de Oregón, el gingko biloba y el níspero. ¿Para qué? ¿Qué hay en esas macetas que tanto interesa a este científico gallego? Lo que Antonio Estévez Prieto, de 44 años, ha encontrado en su particular Edén es algo totalmente nuevo: la fórmula exacta para repoblar los calcinados montes de Galicia -la ONU acaba de lanzar una campaña para reforestar el planeta con 1.000 millones de árboles- y las tierras desérticas del resto de España. «Existen varias ecuaciones de evapotranspiración, la mayoría de autores americanos. Pero ninguna para calcular el consumo de agua de una especie concreta en un medio concreto». Así que Estévez se armó de paciencia. ¿Que había que conocer la superficie foliar de los árboles? Pues contaba sus hojas. «En un pino de Oregón de 76 centímetros de alto llegué a contabilizar 56.000, una por una». Para saber cuándo el árbol agotaba sus reservas de agua, «lo observaba durante horas hasta que veía aparecer el primer amarillo que marca la marchitez», explica este experto en recursos renovables de la Diputación de Orense. A lo largo de dos años, en una soledad que crecía tan lentamente como los árboles, Antonio logró cuantificar cuánto bebían sus mudos amigos. Hasta que un día de 1993 entonó un sonoro ¡eureka! y escribió el final de su sueño: «He desarrollado un método para conocer con precisión el consumo de agua de las diferentes especies forestales y con este método elaborar una fórmula matemática sencilla y aplicable para cada una de las referidas especies». Ese mismo año registraba la ecuación que traza de corrido en una pizarra. La Ecuación Prieto, bautizada así por su autor, establece que el consumo de agua de un árbol en litros por metro cuadrado y día es igual a (A/M)/P]*[3,5t*1/H*(1+V)]. La fórmula, que incluye datos de temperatura media (t), humedad relativa (H) y velocidad del viento (V) -el resto es una constante que se obtiene de dividir un litro de agua entre la superficie foliar de cada árbol-, permite conocer qué especie es la más idónea en cuanto a resistencia y productividad para cada terreno. La ecuación ya ha cumplido 13 años. Antonio, un optimista incorregible, no se siente frustrado por no haber publicado en Science ni en Nature. Le molesta más que la universidad haya hecho oídos sordos cuando propuso formar un equipo de investigación. Pero Estévez mira al futuro. «Sería posible hacer un catálogo ordenado con el consumo de agua de cada especie por metro cuadrado de superficie foliar y día, lo que permitiría repoblar con exactitud».
Hace unos meses, de viaje por el Alentejo portugués, el ingeniero gallego observó con horror cómo los eucaliptos compartían espacio con los alcornoques de la dehesa, un medio natural que, según los científicos, puede competir en biodiversidad con la Amazonia. Antonio aparcó un momento su optimismo para imaginarse hordas de eucaliptos invadiendo Extremadura. El árbol que otro gallego, Fray Rosendo Salvado, trajo de Australia en el siglo XVIII se ha convertido en la bestia negra de los ecologistas en Galicia y Asturias. Bebe cantidades ingentes de agua y arde como la yesca. Ante esta voracidad, «ni siquiera la rentabilidad es un argumento para plantarlos», asegura Antonio. «Una superficie de robles de 10 hectáreas permite una corta cada 80 años, pero generaría 214.000 euros al precio actual. Las seis cortas de eucalipto en la misma superficie y en el mismo periodo de tiempo darían 123.000 euros». Cualquiera de los muchos paisanos gallegos que repueblan con eucalipto le diría que 80 años es demasiado tiempo para hacer caja. Y él respondería que en Alemania «el roble albar se corta cada 120 años y el país está lleno de robles. El Gobierno subvenciona su plantación. El fallo en España es no seguir el modelo alemán». En 2004, tras llamar sin éxito a las puertas de la universidad y de la Xunta de Galicia, Antonio Estévez puso su fórmula en manos del Ministerio de Medio Ambiente. En septiembre de 2005 recibía contestación por escrito: Por su importancia, el trabajo que usted ha hecho podría ser de gran utilidad...». Ahí quedó la cosa. En el piso de Orense, en un diminuto balcón a la sombra de parasoles, siguen en sus macetas los 10 árboles que Estévez observó durante años. Ahora quiere que su ecuación salga del balcón y se escriba en las laderas de montes, dehesas y bosques. «En un mes tendríamos la constante matemática de consumo de agua para tantas plantas como queramos». Y luego, ¡a repoblar!
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| Manuel Darriba |
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