Un incendio se produce por la presencia de cuatro elementos
básicos: calor, material combustible, una concentración
apropiada de oxígeno y la reacción en
cadena. Con esta premisa la causa responsable del origen
de un gran incendio no debería ser distinta a
la de otro de unas pocas hectáreas. El siguiente
gráfico muestra las causas de los GIF.

El gráfico muestra que el 47% de los incendios
mayores de 500 hectáreas son intencionados.
Las tormentas eléctricas generan multitud de
rayos, de los cuales un bajo porcentaje prospera. Esta
minoría se ven favorecidos por los vientos que
propagan el incendio rápidamente.
Hay otras causas, como la quema de basuras, tendidos
eléctricos... que tienen implicación en
los GIF, por lo que deberían ser penados por
la ley.
El tan sonado cambio climático también
tiene su parte de culpa en los incendios, ya que genera
un aumento de temperatura y altera el régimen
de precipitaciones. Si a esto le unimos la mayor probabilidad
de fenómenos tormentosos con elevada carga eléctrica,
los incendios realimentan el ciclo del Carbono, ya que
producen emisiones de CO2 y deterioran la capacidad
de regulación hidrológica del terreno.
Además, con los incendios se reducen los sumideros
de CO2 por excelencia. Si el ritmo de los incendios
supera la tasa de crecimiento de nuevas plantas y la
intensidad es tal que, además de los árboles,
se quema la vegetación que crece bajo ellos,
no sólo se pierde masa vegetal, sino que se condena
el terreno ya que también se produce pérdida
de la materia orgánica del suelo.

El actual boom urbanístico ha llevado su expansión
hasta los montes, en los que se han creado, no sólo
viviendas, sino albergues, zonas de acampada y otras
actividades de ocio y recreo. Esta situación
desordenada de los usos del suelo contribuye a aumentar
los riesgos de ignición, tanto por negligencias
como por malas intenciones.
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