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Existe una tendencia en
la sociedad actual hacia una concienciación social
en torno a la protección y conservación
del medio ambiente, que se traduce en la modificación
de acciones simples en la actividad diaria de muchas
personas y que, en conjunto, redunda en algún
tipo de beneficio a la naturaleza; ahorrar agua en los
domicilios, contribuir al reciclado de los residuos,
etc. En este sentido, desde hace unos años, han
aparecido en el mercado una variada gama de productos
que en su nombre o etiqueta cuentan con coletillas como
“eco”, “bio”, “ecológico”,
etc, los cuales, a la par que deben cumplir con la correspondiente
regulación vigente, pretenden atraer a potenciales
clientes comprometidos con la protección del
medio ambiente a cambio de consumir un producto que,
de algún modo, en su proceso de fabricación,
elaboración, eliminación posterior, etc.
se ha reducido el impacto sobre el entorno. De este
modo, existe actualmente una polémica o controversia
con un nuevo producto que desde hace unos meses las
compañías energéticas están
ofreciendo a los consumidores; la energía verde.
La
compañía IBERDROLA fue la primera en España
que, según se establece en la directiva europea
77, del 27 de septiembre del año 2001, ofreció
la contratación de energía eléctrica
procedente, exclusivamente, de fuentes 100% renovables,
es decir, libre de emisiones de CO2 y de gases de efecto
invernadero. Este nuevo producto se denomina “Energía
Verde Iberdrola” y, según fuentes de la
empresa, responde a la “coherencia con su posicionamiento
y su clara apuesta por las energías renovables”,
“dando así un paso más en la liberalización
del mercado, ofreciendo la posibilidad de elegir un
producto energético a los consumidores, sean
o no clientes de la compañía” y
a “su compromiso de cuidar el medio ambiente y
ofrecer al consumidor la posibilidad de contribuir también
a un mundo más limpio”.
Como se ha citado, en España este
producto es relativamente nuevo, en parte debido a la
reciente liberalización del mercado energético
(enero 2.003), pero en la mayoría de países
desarrollados, se comercializa desde hace más
tiempo y la demanda de “energía verde”
se multiplica para consumo particular, institucional,
comercial, industrial, etc. En Holanda, por ejemplo,
casi un millón de hogares recibe energía
verde, obligando a importar un 30% de países
limítrofes. En Alemania son cerca de 300.000
hogares y un elevado número de industrias. En
Australia se reparte entre 60.000 hogares y varios miles
de comercios y empresas, etc.
La polémica, iniciada en asociaciones
de consumidores, grupos ecologistas, etc. surge al plantear
una simple cuestión; ¿cuando un consumidor
contrata este producto, compra realmente energía
verde?. Y la respuesta es simple; no. Esto es debido
a que las centrales generadoras de energía eléctrica,
tanto renovable como de cualquier otro tipo, aportan
su energía a la red de distribución nacional
que cuenta con un flujo eléctrico que no diferencia
el origen de la misma, ya que existe una “mezcla”
de todos los flujos recibidos (nuclear, eólica,
térmica, solar, hidráulica, etc.). Por
otro lado, esta energía verde que se comercializa
con un pequeño sobrecoste para el consumidor,
se iba a vender de cualquier manera, ya que no se emplean
nuevas infraestructuras específicas, si no que
se aprovechan las existentes o las que ya estaban programadas
o comprometidas con el Gobierno dentro del plan energético
nacional.
Dentro de este ámbito, se entiende
por energía verde aquella que ha sido generada
sin emitir gases de efecto invernadero como el CO2,
propio de procesos de combustión que se dan en
centrales térmicas, de ciclo combinado, etc.
y sin generar residuos peligrosos como es el caso de
la energía nuclear. Entonces, se incluyen, como
energías verdes, la eólica, solar, mareomotriz,
geotérmica y, aunque resulte algo paradójico
por el enorme impacto medioambiental provocado por la
construcción de pantanos, la energía hidráulica
y minihidráulica. Según datos recientes,
el 21,5% de la energía que produce Iberdrola,
10,2% en el caso de Endesa y 13,4% para Unión
Fenosa es energía verde. En los tres casos, la
energía hidráulica es, con mucha diferencia,
la que más destaca entre todas.
Ante
esta situación, el Consejo de Consumidores y
Usuarios, compuesto por todas las Organizaciones de
Consumidores de ámbito nacional, aprobó
en el 2.004 el "Informe sobre las campañas
publicitarias de energía verde" que concluye
que "determinados mensajes publicitarios analizados
sobre la campaña de energía verde de Iberdrola,
S.A. incluyen información que genera o puede
generar confusión en el consumidor, al contratar
un determinado producto en base a una información
errónea sobre la naturaleza del mismo, como contraprestación
al sobrepago que implica contratar dicha energía"
y, por el que se insta a la compañía eléctrica
Iberdrola a modificar la publicidad sobre "energía
verde", por incluir contenidos erróneos
que generan confusión en el consumidor. Remitido
a los entes involucrados y con competencia en la materia,
este informe fundamentó la demanda desestimada
que la OCU presentó contra la publicidad de las
compañías eléctricas.
Ratificando esta situación, la
Comisión Nacional de Energía (CNE) emitió
un informe confirmando que “las campañas
publicitarias de energía verde pueden considerarse
engañosas tanto por lo que dicen como por lo
que omiten”, ya que no garantizan que el consumidor
reciba el tipo de energía contratada, todo ello
y a pesar de las certificaciones aportadas por las empresas
energéticas.
Ante toda esta situación, aparecieron
en diversos medios de comunicación explicaciones
de lo que realmente supone la contratación de
“energía verde”, o sea, el simple
compromiso por parte de la compañía energética
de producir o comprar una cantidad de electricidad procedente
de fuentes renovables equivalente al consumo contratado
por el usuario.
La energía verde contratada hoy
en día en España se respalda por las certificaciones
internas de cada compañía y las emitidas
y administradas por Red Eléctrica Española
según los estándares internacionalmente
establecidos mediante el sistema RECS (Renewable Energy
Certificate System), mediante los cuales se garantiza
el origen renovable de la energía. En los países
con más experiencia en este mercado existe una
asociación denominada EUGENE (en inglés,
Red Europea de Electricidad Verde), integrada por grupos
ambientales, consumidores e institutos de investigación
que ha establecido unos criterios básicos que
debe cumplir la energía verde, garantizando,
además de su origen renovable, criterios de calidad
ambiental.
Según el criterio de EUGENE, de
aplicación en Alemania, Suecia, Inglaterra, Austria,
Holanda, Australia y Estados Unidos, se contempla únicamente
las fuentes energéticas naturales (solar, geotermal,
eólica, mareomotriz); la combustión de
biomasa (sin ningún tipo de residuo añadido)
y la hidráulica y minihidráulica que contemplen
planes de conservación del sistema fluvial afectado.
Además, la compañía eléctrica
deberá contribuir al aumento de la generación
de energía verde. Finalmente, la electricidad
contratada por el usuario recibe una etiqueta emitida
por EUGENE que certifica que esta es realmente “verde”.
Sin este tipo de certificación,
el ingreso extra de las compañías eléctricas
con la venta de este producto no tiene porque ser invertido
en aumentar la cantidad de energía renovable
producida, por lo que siempre se plantea la cuestión
de si la actual comercialización de la energía
verde es en beneficio del medio ambiente o se trata
tan solo de una simple, pero eficaz, maniobra económico-financiera
de las empresas eléctricas basada en la conciencia
“ecológica” de los usuarios.
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