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Normalizando el uso de la bicicleta urbana

Los retos a los que se enfrenta la movilidad urbana pasan por regresar a un invento antiguo que redescubra la ciudad del futuro. La percepción social de la movilidad, el aprovechamiento de las oportunidades de las tendencias actuales y la legislación con sentido a largo plazo son las claves para la consolidación del fenómeno de la bici en la ciudad.

César Casado Marín es colaborador de la Asociación de Ciencias Ambientales (ACA) y de la Fundación Vida Sostenible
cesar@vidasostenible.org

Carril bici

Carril bici. Foto: César Casado

Este nuevo siglo parece estar trayendo una nueva forma de entender la ciudad. Lejos de esas metrópolis que imaginábamos hace justo cien años y que hemos intentado recrear durante décadas, hoy la sencillez, la tecnología sabia, o inteligente y la reformulación de nuestras necesidades están dando a conocer un nuevo tipo de ciudad. Dejando la espectacularidad a un lado intentamos avanzar hacia una ciudad más habitable, mucho más humana… más del s. XXI. Ante esta perspectiva, un invento antiguo está desplazando a otro invento antiguo: la bici gana terreno al automóvil. ¿Quién hubiese dicho hace cien años que lo moderno sería la bici?

Es fácil asociar el coche a palabras que sonaron muy bien durante décadas: potencia, velocidad, comodidad individual, progreso. Durante todo ese tiempo fuimos una gran mole ingenua sobre un aparato de acero. Una manada de primates en tanque. Un vehículo de una tonelada de peso propulsado por un motor de explosión no parece un buen medio de desplazamiento por un entorno diseñado en el mejor caso para el uso esporádico de carruajes, y en el peor y más común, por el caos y capas y capas de historia. A medida que los atascos y demás externalidades negativas del uso urbano del coche se hacían evidentes, llegó la publicidad que grabó en el inconsciente colectivo algo tan falso como que el automóvil era una necesidad y otorgaba a su propietario un estatus social elevado. El coche daba problemas por un lado, pero también satisfacción personal por otro. Esa lacra posiblemente sea la que más daño ha hecho a la movilidad urbana.

Desplazarse en la ciudad en bicicleta es un ejercicio de aplastante sensatez

Pero de repente el binomio de sostenibilidad y crisis ha querido que dejásemos de ser ingenuos: Y no me refiero a esa sostenibilidad sobre el papel y los números sino a la del sentido común y la lógica, la del medio y largo plazo. Desplazarse en la ciudad en bicicleta es un ejercicio de aplastante sensatez, y mucha gente ya se ha dado cuenta.

Curiosamente la publicidad y las modas pueden estar jugando la partida a favor de la sostenibilidad. Internet ha dado el empujón a las iniciativas eficaces, sencillas y baratas. Ahora las tendencias ya no están tan vinculadas a los medios de comunicación de masas y al mundo del marketing, sino que ahora la red impone tendencias a golpe de genialidad viral anónima. Y no hay más que echar un vistazo a las redes sociales, las nuevas plazas del pueblo, donde cientos de usuarios generan y repiten mensajes para potenciar modos de transporte inteligentes. Es más, ahora los medios de masas y la publicidad tiran de estos usuarios para dar contenido a sus mensajes. Otro triunfo.

Una vez que el uso urbano de la bicicleta está de moda, llega el momento de su normalización para que acabe asentándose de forma definitiva. Tanto la normalización en términos de legislación, como la normalización social, es decir, hacer ver al ciudadano con el que el ciclista comparte entorno, que la bicicleta ha venido a quedarse.

La normalización social pasa por hacer ver a todos que el uso de la bici en ciudad no es un deporte, sino una forma de movilidad, y a muchos ciclistas y no ciclistas se les hace confuso diferenciar ambos usos. Al igual que el uso del coche no implica un disfraz de piloto, el uso habitual del velocípedo no debería suponer más accesorios que los necesarios. Un poco de sentido común es el mejor complemento para ir en bici a trabajar. Parece una cuestión superficial, pero en esa percepción de normalidad es donde reside el asentamiento definitivo de la cultura de la bici urbana. La gente saldrá a la calle pedaleando cuando vea que realmente es una forma más de desplazarse, cuando se sienta acompañada por mucha más gente con las mismas inquietudes y necesidades que ella, y cuando se afiance la percepción de que es un vehículo seguro, barato y cómodo.

No aceptamos al ciclista urbano como un usuario más de la calzada y sí aceptamos la ciudad como un entorno violento, peligroso y salvaje

La normalización legislativa parece centrarse en el polémico tema de la obligatoriedad del casco en ciudad, y las experiencias de otros países parecen confirmar que la sobreprotección al ciclista no contribuye a la normalización de su uso. Han llovido mares de tinta sobre el tema y creo que poco más se puede añadir. Sin embargo es importante meditar en el significado de que una bici tenga la obligación de protegerse ante un coche: aceptamos lo inevitable de un accidente sin ponernos a regular su prevención. Diciéndolo de otro modo, no aceptamos al ciclista urbano como un usuario más de la calzada y sí aceptamos la ciudad como un entorno violento, peligroso y salvaje. Si precisamente queremos que la ciudad se convierta en un lugar amigable y humano, no se debería legislar en su contra. Normalizar debe significar que las bicis compartan con el automóvil el espacio,los derechos y los deberes. También significa habilitar lugares donde poder anclar la bicicleta sin problemas, al igual que han existido cientos de aparcamientos subterráneos que normalizaron durante décadas el uso diario del coche. Al fin y al cabo no es pedir menos que lo que se le ha dado al coche durante décadas.

Tal y como se ha está haciendo en muchas ciudades europeas, otra forma de acelerar la percepción positiva que se tiene del ciclista urbano es empezar a señalar a uno de los grandes causante de los problemas de movilidad urbana y limitar sus privilegios: el automóvil privado. Todos queremos la libertad de poder desplazarnos en el medio de transporte que queramos, pero también deberíamos a estar obligados a pagar por los daños que causen. Miles de muertes al año por contaminación derivada del uso del automóvil no deberían ser gratis. Al igual que tampoco debería haber obstáculos para implementar sistemas públicos de bicicletas que fomentan hábitos sanos capaces de reducir las muertes por problema cardiovasculares. Tampoco es cuestión de criminalizar el uso del coche, que aún sigue siendo imprescindible en algunos casos, sino de hacer un honesto ejercicio económico y revelar su verdadero precio. Será entonces cuando la bicicleta se revele como la solución evidente.

En definitiva, estamos en una época ilusionante para el ciclista urbano, con sus miedos y sus esperanzas. La moda se ha establecido, y el empujón definitivo está en el manillar y la cabeza de muchos y la legislación de unos pocos. A paso lento pero seguro se ven avances que parecen llevarnos por el camino a una ciudad más amable y próxima. Quién iba a decir que estos primates se apearían de la absurda tecnología del tanque y comenzarían a pedalear por fin, hacia la ciudad humana.

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Los comentarios de los lectores

23/10/2013 22:32:00
Un artículo EXCELENTE, sin fisuras, redondo. Mis felicitaciones.
Javier

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