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Las Smart Cities están aquí

Por Águeda García de Durango
redaccion@ambientum.com

Lo “smart” está de moda. A nadie tiene un teléfono móvil: tiene un “smart-phone”. Tampoco vivimos ya en ciudades al uso; la fiebre por las Smart Cities se ha ido apoderando poco a poco de las urbes españolas. No hay más que ver los ejemplos de Santander, Málaga o la recientemente “smartizada” Zamora.

Pero ¿qué implica realmente que una ciudad sea “smart”? ¿Qué ha cambiado para que ahora multitud de localidades quieran sumarse al concepto?

En realidad, las ciudades inteligentes ya existían antes que el avance tecnológico invadiera cada aspecto de la vida cotidiana, solo que el “inteligente” era el conserje que apagaba las luces con criterio o controlaba el gasto de agua de los edificios. Hoy en día, con las TIC implantadas en la práctica totalidad de ámbitos de nuestra existencia, no es necesario un control manual de los gastos, intensidades y ahorros.


Una smart city integra en la estructura urbana las TIC que mejoren la calidad de vida o se pongan al servicio del ciudadano.

Porque eso es en lo que consiste básicamente una ciudad “smart”: en integrar en la estructura urbana las TIC que mejoren la calidad de vida o se pongan al servicio del ciudadano. Es un concepto sencillo, pero con particularidades según el tipo de emplazamiento al que se aplique. De hecho, es difícil encontrar dos smart cities iguales o con los mismos desarrollos, debido a la diversidad de necesidades dependientes del clima, altitud, nivel socioeconómico, etc. A la hora de aplicar el concepto, cada ciudad es única.

A la dificultad de “copiar” los elementos que componen una smart city entre diferentes ciudades, hay que sumar la disparidad normativa y la ausencia de determinadas regulaciones. Un ejemplo de este caso es la ausencia de adaptación de la legislación española a la Directiva Europea sobre eficiencia energética. En las leyes nacionales no se contempla aún el autoconsumo (o en una medida mínima, más bien), lo que dificulta enormemente una de los elementos que caracteriza a una smart city como es el abastecimiento energético renovable, local (en relación a cercano) y eficiente.

El crecimiento irrefrenable de las ciudades tiene que seguir, al menos, unos parámetros de sostenibilidad económica, social y medioambiental.

Esto, en el actual contexto, no tiene mucho sentido, ya que gran parte del peso de la crisis recae sobre la energía. Precisamente, si el objetivo de una ciudad inteligente es economizar (y reciclar y reutilizar) todos sus insumos (agua, energía, residuos), no se entiende que las voluntades políticas estén puestas en las smart cities pero no acompañe la regulación legal.

El otro pilar básico de las urbes inteligentes es el ciudadano. No sirve de nada “tecnologizar” una localidad si el habitante desconoce la utilización de la mayoría de las instalaciones. Para ello, tal y como se ha hecho con la segregación de residuos o el ahorro de agua a lo largo de años, la educación, concienciación e interiorización son fundamentales. Este no es un proceso sencillo ni corto, para el cual se deben aprovechar las herramientas al alcance de la mayoría. El ejemplo más clarificador es el teléfono móvil, artífice de un cambio gradual gracias a las aplicaciones disponibles en todo tipo de software.

Por último, hay que tener en cuenta que el ciudadano puede entender la gestión como una restricción. De nuevo, un buen flujo de comunicación entre la Administración y el usuario es clave para llegar a buen puerto en la consecución de una ciudad “smartizada”. Porque también puede darse el caso de fracaso absoluto entre la idea y la práctica, ante la pasividad de ambos factores por entenderse.

Porqué las smart cities

Actualmente, más de 3.500 millones de personas viven en ciudades, según datos de la ONU. Para 2030, se espera que el 60% de la población mundial habite en zonas urbanas. Además, las ciudades apenas ocupan el 2% del territorio, pero consumen entre el 60 y el 80% de la energía y emiten más del 75% del carbono. Las 300 metrópolis más grandes del mundo representan el 19% de la población mundial y casi la mitad del PIB mundial.

Basándonos en estos datos, está claro que el crecimiento irrefrenable de las ciudades tiene que seguir al menos unos parámetros de sostenibilidad económica, social y medioambiental (en especial este último). La idea de las ciudades inteligentes responde a esta necesidad, siempre que su aplicación se adecúe a los requerimientos específicos de cada ciudad.

Y es que no hay que olvidar que el medio ambiente no es solo el campo. La ciudad también forma parte.

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