Kioto tiene ya 11 años (fue firmado en 1997). Y está a punto de expirar no sólo sin la firma de EE UU, sino siendo más los países que no consiguen reducir sus emisiones (entre ellos España) que los que sí han hecho los deberes.
”Pero reciclar hay que reciclar”, insisten los gobernantes. Con este panorama, y siguiendo el ejemplo estadounidense, no es difícil de imaginar la siguiente escena repetida en consultas médicas de medio mundo:
-Doctor, desde hace meses sólo tengo sueños verdes- dirá el ecoenfermo.
-¿Y cómo se manifiestan?- preguntará el siempre serio ecodoctor.
El ecopaciente entonces escarbará en su subconsciente onírico.
-Cierro los ojos y veo tetrabrick arrojados en el cubo de la basura orgánica. Envases con visibles restos de yogur vertidos en el contenedor del reciclado...-, contestará a modo de ejemplo el ecoestresado de turno.
La escena puede parece disparatada, pero el eco-estrés ya tiene nombre. ¿Cuánto tardará ahora en sumarse a lista de dolencias mentales de los pobladores de este complejo siglo XXI?
Mientras, los dirigentes del mundo discuten acerca de protocolos que no acaban de cumplir. Y el batallón de eco-ansiosos sigue creciendo.