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 Etanol: la ética del cristal con que se mira
Edición mayo 2007
Biodiesel


Guatemala es otro caso de estudio.  En este país feudal, donde 50 familias controlan el 80% de las tierras productivas (incluso las ciudades antiguas de la cultura maya están dentro de esas tierras), se está liquidando la selva del Petén a pasos agigantados.  El propio presidente de la república, Oscar Berger, tiene tierras en esa zona donde mantiene plantaciones de palma africana, otro negocio jugoso.

En esas plantaciones colocan serpientes para que no se acerquen los campesinos de la zona. El Petén, que es el pulmón de Guatemala, puede acabarse muy pronto ahora que complacientemente los dueños de Guatemala se han puesto de acuerdo para producir etanol para Estados Unidos. Es increíble lo que puede lograr una visita de 24 horas del emperador de gringolandia.

Bosques que han tardado siglos en crecer, pueden convertirse en pocas décadas en desiertos. El cultivo intensivo de caña de azúcar “quema” la tierra, la deja vacía de nutrientes.  Allí no puede crecer nada más. Sin ir lejos, tenemos la experiencia de Santa Cruz. Yo no recuerdo, por ejemplo, dunas de arena en los años 1950s. Todo eso se produjo porque el cultivo intensivo, sin respetar los criterios de rotación y alternancia de productos, empobreció las tierras hasta convertirlas en arena. Las tierras tropicales, en general, tienen menos de un metro de profundidad con nutrientes.  Debajo de ese metro hay arena, que sale a la superficie cuando se talan los árboles y se abusa de la capa rica en nutrientes.

En los cultivos intensivos de caña de azúcar, algodón, de soya, etc., se impone siempre en Bolivia una mentalidad “minera” del lucro. Es decir, los empresarios que cultivan de manera irracional las tierras, sacándoles provecho al máximo, tienen una mentalidad extractiva similar a la de los empresarios mineros.  Solamente les interesa extraer, sin pensar en las consecuencias. Seguimos siendo un país minero en todo lo que hacemos.  No existe una mentalidad de la agricultura como recurso renovable.

Pero hasta ahí no hemos visto sino parte del problema.  El problema mayor, es la condena al hambre.

Cualquiera que  haya leído noticias en las últimas semanas, se habrá enterado que el precio de la tortilla sigue aumentando en México y en Guatemala. Este no es un dato cualquiera, es un dato de primerísima importancia, porque la tortilla es la base de la alimentación en Mesoamérica. Si sube la tortilla, aumenta el hambre, así de simple.  La razón para ese aumento es obvia: el maíz está siendo convertido en etanol, por eso su precio aumenta. También subirá el precio del pollo y del cerdo, porque los alimentos balanceados a base de granos subirán su precio.

En Guatemala habrá escasez de maíz para alimentar a la población, porque la exportación de maíz a Estados Unidos se ha incrementado.  Por supuesto que a los ladinos guatemaltecos que lucran con ese negocio no les importa: ellos no comen tortillas sino hamburguesas.

Fidel Castro tiene el valor y la integridad moral de oponerse al etanol aunque Cuba es uno de los mayores productores de caña de azúcar y no tiene muchas fuentes alternativas de energía.  Esa actitud ética es similar a la que adoptó Fidel cuando encabezó la campaña contra el hábito de fumar, siendo que Cuba produce los más apreciados habanos. No hay muchos líderes como Fidel, que reflexionen sobre los temas y asuman actitudes éticas antes que oportunistas. Por eso no hay muchos líderes de su talla en el mundo.

Maíz, etanol

La realidad es escalofriante.  Los países del G8, los más ricos, generan las dos terceras partes de los gases de invernadero y usan más energía que el resto del planeta. Gracias a estos depredadores mayúsculos la naturaleza planetaria está quebrada, y ahora nos quieren pasar la factura al sur, para seguir gozando de un confort desmedido a nuestra costa. La temperatura de la tierra habrá aumentado 8 grados a finales de siglo, con catastróficas consecuencias, entre ellas, la escasez de agua. Cada día, afirman los científicos, desaparecen 150 especies de plantas y animales.

Lo lógico sería que cada país produzca etanol para su propio consumo, no para exportarlo.  Así, Estados Unidos, que tiene un territorio bastante amplio, debería plantar maíz para producir su propio etanol y no afectar a México, a Brasil a Colombia, o a esa pobre Guatemala que no va a aguantar semejante presión sobre su agricultura.

Lo peor de todo es que se viene una nueva era de “repúblicas etanoleras” (como antes las bananeras) a merced de Estados Unidos, que hará lo necesario con su ejército, con su CIA y con sus presiones políticas, para preservar el negocio del etanol a cualquier precio.

Si los líderes mundiales y de cada país pudieran ver más allá de sus narices, pensarían con mayor seriedad en otras formas de energía renovable que ya conocemos desde hace mucho tiempo, pero que no han merecido, salvo en algunos países, el apoyo de políticas de Estado: la energía eólica, la energía solar y la energía geotérmica, entre otras. Es cierto que requieren de grandes inversiones, pero gracias a ellas podríamos parar esta locura de hipotecar el futuro de la humanidad.

 

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Alfonso Gumucio D.

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