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Prometeo robó a Zeus la chispa del fuego, que hasta entonces había permanecido escondida en el Olimpo, para entregársela a los hombres. Cuando lo hizo –relata la mitología grecorromana-, regaló a la humanidad el progreso y la civilización. Miles de años y millones de hectáreas calcinadas después, el ser humano –alejado ya de la agricultura, que era para Cicerón “la ocupación más digna para todo hombre libre”- se interroga sobre su uso del fuego, que es responsable del 96% de los incendios forestales.
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Aquí fue donde se nos pasó el fuego a la parte de arriba, cuando aparentemente lo teníamos controlado” explica megáfono en mano Antonio, mientras señala hacia el valle.
Una irregular frontera emerge de la hondonada: la vasta extensión de pinares milenarios contrasta con el paisaje gris y yermo –casi lunar- que arranca al otro lado. De aquella estampa han transcurrido dieciséis años, pero los vecinos de la localidad, ubicada en el parque nacional de Sierra Nevada y en cuyo término municipal se inició el incendio, acostumbran a recordarlo porque todos participaron en su extinción.
Cada nueva victoria contra el fuego era radiada por los altavoces de un ayuntamiento en el que hay censados millar y medio de almas; y los ho
mbres partían al alba para colaborar en los retenes. Cuando el incendio fue controlado y los rescoldos aún humeaban, muchos vecinos visitaron el paraje y se asomaron a un barranco demediado por las llamas. Dicen que éstas dejan su huella hasta cien o doscientos años después, cuando el paisaje vuelve a parecerse. Mientras tanto, varias generaciones conviven con los tocones del naufragio. En 2004, una docena de municipios de Huelva y Sevilla asistieron al peor incendio que se registraba en España desde 1991.
Juan Romero, ecologista y vecino de Berrocal –donde el fuego quemó casi el 50% de su término municipal y deshabitó las esperanzas de 409 vecinos- articuló un movimiento de voluntarios que bajo el grito “Fuegos, ¡Nunca más!” colabora con las autoridades en la tareas de reforestación que han empezado este año. “Los incendios hay que apagarlos en invierno” dice, con la desolación del paisaje adherida aún a su retina.
Causas humanas
El Ministerio de Medio Ambiente calcula que en 2006 148826 hectáreas de superficie forestal fueron pasto de 5.410 incendios (de más de una hectárea). Los datos no distan mucho de años anteriores ni de la media del último decenio, situada en las 123.000 hectáreas calcinadas. La superficie total incendiada en esta última década es equivalente a la extensión de la región de Murcia, que representa el 2% de la superficie nacional. Desde 1961, primer año que el Ministerio registra en sus estadísticas, las llamas han arrasado con la vegetación existente en más de 70.000 kilómetros cuadrados, un 13,86% de la superficie del país.
¿Cuántos hemos perdido con la destrucción de esta inmensa superficie forestal? Estudios recientes señalan que 25 metros cuadrados de bosque suponen tres toneladas de cobertura vegetal, que permiten a su vez la retención, para los acuíferos, de 150 litros de agua por año. Una sencilla operación matemática vendría a certificar que desde los años sesenta los incendios han contribuido en cantidades industriales a la pérdida de un recurso cada vez más limitado y del que inexorablemente pende la vida del ser humano. Pero no queda ahí la cosa. La pérdida de vegetación afecta a una fauna que, de un día para otro, debe emigrar porque el suelo que pisaban, los árboles que les guarnecían y les alimentaban ya no existen. Cuando llegue la temporada de lluvias, el suelo –cubierto más que de cenizas- será objeto de escorrentías y despedirá a los nutritientes, los últimos cronistas de una fertilidad corrompida. La biodiversidad, en suma, habrá sufrido un daño irreparable.
“Los incendios se producen porque hay alguien que pone una cerilla” asevera Félix Romero, responsable del programa de bosques de WWF/Adena. Las últimas estadísticas indican que el 96% de los incendios forestales tienen origen humano. El 59% de ellos es intencionado (quemas agrícolas, de pastos…); el 13,9% se debe a negligencias derivadas de la quema agrícola, del abandono de explotaciones forestales o de los fumadores; y las causas desconocidas representan el 19,2 %. Desde la organización ecologista, creen que la complejidad de la casuística debe hacer que “diferenciemos los incendios según sean los incendiarios”. De este modo, Romero sostiene que “los causados por los agricultores suelen ser numerosos pero poco significativos en la superficie afectada. En cambio, los incendios derivados de las negligencias de los excursionistas tienen mayor tamaño. Y por último, están aquellos que se deben a la especulación o a un sentimiento de venganza y que están planificados por gente experta con el único propósito de hacer cuanto más daño mejor. Esto significa que los mensajes de sensibilización tienen que transmitir a cada grupo de población lo que se espera de él para evitar estas catástrofes naturales”.
Francisco Garrido, miembro de Los Verdes y diputado del PSOE en el Congreso de los Diputados, opina que los incendios constituyen un delito, “pues hablar de suceso tiende a invisibilizar las causas reales, naturalizándolas falsamente”. Sin embargo, la percepción social sobre las causas de los incendios está plagada de incorrecciones. Ricardo de Castro, jefe del departamento de Comunicación Social de la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía, asegura que “igual que la sociedad funciona con muchas mitologías, los gestores terminan operando con las mismas”. Desde 2001 se elabora en esta comunidad el ecobarómetro, un programa de investigación socio ambiental que ha detectado, por ejemplo, que los incendios forestales son considerados el primer problema natural a nivel local, regional y global. No obstante, los encuestados señalan como causas de los mismos los fuegos ocasionados por el descuido de visitantes (45,5%) y la acción de pirómanos (41,7%). En cambio, “en España, no hay más de cien pirómanos” señalan desde Adena y los que hay solo provocan el 1,1% de los incendios. “A menudo se confunde pirómano con incendiario, cuando la piromanía es una psicosis asociada a unos comportamientos que son originarios de la infancia y que son reiterativos…” apunta Castro.
Las investigaciones están permitiendo conocer las opiniones de la gente de una forma local, porque –como asegura Castro- “no se pueden tomar decisiones a grandes rasgos en cuestiones medioambientales como éstas, porque los problemas están vinculados a espacios concretos”. A partir de ellas, se ha previsto un programa de sensibilización y concienciación que, según señalan todos los expertos consultados, debe invertir la principal causa que se halla detrás de la voracidad de las llamas: el éxodo hacia las ciudades que ha despoblado el medio rural y ha condenado a la extinción cualquier método de explotación del mismo y cualquier sentimiento de pertenencia al patrimonio natural. Antonio Vercher, fiscal coordinador de sala de Medio Ambiente y Urbanismo del Tribunal Supremo, ha escrito que ese incremento de los incendios se debe “a la falta de respeto y ausencia de conciencia hacia algo que es patrimonio común”. Garrido coincide con esta apreciación y, a la vez que añade otras causas como las masas forestales alóctonas y muy combustibles y las condiciones meteorológicas adversas, se muestra seguro de que urge un nuevo contrato social entre el mundo rural y urbano, en el que el monte sea “el corazón de la sostenibilidad”.
Una legislación que garantice un monte sostenible
“Estamos convencidos de que es vital el papel de la población para evitar los incendios” dice Félix Romero mientras repasa la legislación existente en España para impedir que los veranos se conviertan en un infierno de llamas y cenizas. “El código penal establece sanciones y penas coherentes. La cuestión es si hay recursos para aplicarlas y para evitar el sentimiento de impunidad que puede originar la lentitud de la justicia” opina. El primer y único diputado del partido Los Verdes de nuestra historia parlamentaria, Francisco Garrido, adelanta algunas mejoras legislativas como el anteproyecto de ley de responsabilidad ambiental que, si bien no se refiere específicamente a los incendios forestales, “establece procedimientos vinculados a la responsabilidad tanto de carácter cautelar como de asignación de costes y responsabilidades económicas y patrimoniales”.
La nueva ley de montes, que aún espera el desarrollo legislativo de las comunidades autónomas, es valorada de manera positiva por organizaciones ecologistas como WWF/Adena. Su responsable de bosques, Félix Romero, cree que la nueva ley “trae consigo un refuerzo de la figura del fiscal de Medio Ambiente así como mayor dotación de recursos para las fiscalías provinciales con la incorporación de especialistas en la investigación de las causas de los incendios”. A menudo se ha hablado de la especulación del suelo como la causa que estaba detrás de muchas catástrofes. El nuevo marco legislativo refuerza la prohibición de cambio de uso de suelo en 30 años. “Se acota así la posibilidad de recalificar los terrenos para darle otros usos y se protege al monte frente a algunas causas que han sido importantes en su destrucción” explica Romero. La industria maderera también fue señalada durante décadas como un sector incendiario pero, según Garrido, “si existe hoy una economía del fuego tiene más que ver con las tareas de extinción”.
“Podría haber llegado a la Palma y entonces ya se hubiera quemado el mundo entero” decía, meses después del incendio de Huelva, un anciano de una de las localidades afectadas. Luego se supo –como recuerda Garrido- que una “parte importante de las fincas peores conservadas de aquel incendio eran públicas”. El diputado considera que la estampa que sucedió a las llamas aumentó la sensación de fragilidad. “Y con ello, esperemos, el cuidado” remarca. Algunas asociaciones ecologistas acusan a las administraciones de haber dedicado la mayor parte de la inversión en tareas de extinción en perjuicio de la prevención.
Hacia la participación social
Los mapas sociales de riesgos de incendios han empezado a detectar aquellas zonas donde la reincidencia de los mismos indica conflictos socioeconómicos. Romero, no obstante, sugiere “la necesidad de incorporar a los mapas los cultivos agrícolas abandonados que existen alrededor de los ecosistemas protegidos”. El 67% del espacio forestal nacional es de propiedad privada. Y en muchos casos, su explotación cesó cuando dejó de ser rentable. Ahora, la preocupación por la alta ignición de esos espacios ha llevado a plantear la urgencia de que el monte vuelva a ser sostenible. “Tenemos que ser capaces de recuperar un monte vivo con la integración de las poblaciones rurales en manejos y actividades sostenibles”. La propuesta la hacen desde Los Verdes, pero está en consonancia con el Convenio Aarhus firmado el año pasado por el gobierno español. Como reconoce Cristina Narbona, ministra de Medio Ambiente, esta transposición permite a “ciudadanos y ONG intervenir en la toma de decisiones públicas sobre el medio ambiente”. Garrido también propone fomentar bonificaciones fiscales a las actividades sostenibles de explotación del monte.
El ejemplo al que todos parecen referirse es el bosque de Urbión, unas 10.000 hectáreas de pinares –enclavas entre las provincias de Burgos y Soria- que desde primeros de abril pertenecen a la Red Internacional de Bosques Modelo (RIBM). Con su integración en este foro internacional nacido en la Conferencia de Río de 1992 se reconoce la gestión sostenible del territorio, a través de 150 empresas dedicadas a la madera, la caza, la ganadería, la recogida de setas y plantas y el turismo.
Los vecinos se muestran satisfechos de que la actividad económica no sólo no haya perjudicado la diversidad del bosque sino que haya contribuido sobremanera a su conservación. En sus palabras subyace una identidad forjada con la interacción cotidiana con el entorno. “Hay que crear redes sociales, conciencia responsable… pero eso se consigue desarrollando esas estrategias de prevención social que están muy en mantillas y a las que no se le da mucha importancia” puntualiza Ricardo de Castro. Una de las iniciativas que se están desarrollando pretende conocer el estado en que se encuentran las actividades vinculadas al monte (su imagen social, remuneración, edad de quienes la ejercen…) para, con los datos obtenidos, elaborar planes estratégicos que hagan atractivos los oficios forestales.
El fuego es parte integral de la cultura agrícola de nuestro país. Pero ecologistas como Félix Romero advierten de que hay alternativas a su uso: “No siempre hay que recurrir al fuego para desbrozar o limpiar el monte. Podemos ir hacia una cultura más ecológica en la que el fuego se sustituya por otros métodos. Y, por supuesto, si se termina usando, la gestión del mismo debería estar planificada por la administración”.
En Galicia, una tierra castigada como ninguna otra por los incendios, se organizan esta primavera unos talleres en los que estudiantes de primaria aprenderán, entre otras lecciones, a detectar situaciones peligrosas para la propagación del fuego. La actividad se titula “Por jugar con el juego” (“Por xogar co lume”, en gallego) y coincide con la propuesta de Adena de “impulsar una educación ambiental en las escuelas que incida en lo que perdemos con los incendios”.
Ricardo de Castro sugiere que la amenaza para la conservación de los bosques está hoy en la euforia del ladrillo: “El problema urbanístico es el gran incendio de nuestro tiempo. Las nuevas urbanizaciones están haciendo que se construyan nuevas vías de comunicación, que se llegue a todos sitios. Si no se evita, muchas zonas forestales se van a convertir pronto en espacios urbanos o periurbanos con el mismo concepto: viviendas adosadas, tercera o cuarta residencia… y eso va a complicar mucho más la prevención de los incendios”.
“Cabe esperar mucho más de la sociedad civil” concluye Félix Romero, responsable de bosques de WWF/Adena. “Es evidente, que cuando no se quiere, los incendios no se producen” escribe Antonio Vercher, fiscal del Tribunal Supremo, al recordar la labor esforzada de los moradores del bosque de Urbión. Miguel Delibes ha confesado alguna que otra vez el temor, mantenido en los últimos veranos, de ser trasladado a un polideportivo cuando Sedano, su pueblo, estaba cercado por las llamas.
El premio Nobel de literatura José Saramago cuenta que el hombre más sabio que conoció en su vida, su abuelo, cuando intuyó que la muerte le rondaba “se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver”. En El hombre que plantaba árboles, una obrita de Jean Giono, un pastor convierte árbol a árbol una vasta extensión vacía de la Provenza en un bosque inmenso. La sociedad española, cada vez más urbanita, debe reconciliarse con su biodiversidad y reivindicar el bosque. “Lo que es evidente -como dice Alain Hervé- es que a estas alturas, si queremos conservar la vida, hay que cambiarla”.
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