El ozono es un gas formado por tres átomos de oxígeno O 3 que se encuentra de forma natural en la troposfera y en la estratosfera, desarrollando en cada zona papeles muy distintos. En el caso de la e stratosfera, r egión de la atmósfera situada por encima de la troposfera, aproximadamente entre unos 15 y 50 kilómetros de altura, el ozono se comporta como un filtro protector frente a la radiación ultravioleta solar de longitud de onda inferior a 300 nanómetros . Esta capa se generó hace 1.500 millones de años y permitió la evolución de la vida hasta hoy en día. Actualmente, como todo el mundo sabe, este escudo protector se encuentra seriamente dañado por los efectos de la contaminación procedente principalmente del cloro y bromo contenido en muchos productos de consumo diario.
En el otro caso, en la t roposfera, región inferior de la atmósfera terrestre con una altitud de unos 15 kilómetros donde se localiza el aire que respiramos, el ozono está presente de forma natural procedente de las capas altas de la atmósfera o de procesos naturales que tienen lugar en la biosfera y que dan lugar a su formación, pero siempre en pequeñas cantidades y concentraciones. Cuando este ozono se presenta en concentraciones elevadas, puede llegar a ser un problema grave.
Los primeros estudios realizados sobre este elemento en la troposfera se realizaron en el año 1954 en una de las primeras zonas afectadas por este tipo de contaminación; Los Angeles EE.UU., ciudad caracterizada por un intenso tráfico y muchas horas de radiación solar. Desde entonces, se ha detectado en muchas otras partes del mundo con clima cálido y alta concentración de emisiones a la atmósfera, ya sean procedentes del tráfico rodado o de la industria en general. Destaca también todo la cuenca mediterránea donde, en algunas ciudades, se produce un aumento aproximado de entre el 1% y el 2% por año.
El ozono troposférico es un contaminante secundario, o sea, que no es emitido directamente a la atmósfera, sino que se produce por la reacción entre el dióxido de nitrógeno y compuestos orgánicos volátiles, como gases de hidrocarburos, disolventes, etc., en presencia de abundante luz solar. Por este motivo, las principales concentraciones de ozono se darán cuando la radiación solar es más intensa, o sea, entre mayo y agosto y entre las 12 y las 17 horas.
España, con 32 provincias que alcanzan o superan las 2.700 horas solares anuales, se encuentra muy afectada por este problema, hasta tal punto que está considerado por algunos expertos como el principal contaminante atmosférico, principalmente en Andalucía, destacando las ciudades de Cádiz, Sevilla, Huelva y el Campo de Gibraltar. De forma importante se presenta este tipo de contaminación en otras como ciudades de Madrid, Barcelona y Bilbao y zonas concretas próximas a grandes polos químicos y/o centrales térmicas.
Paradójicamente, las mayores concentraciones no aparecen sobre las grandes ciudades o núcleos industriales, sino que, por efecto de los vientos, la nube contaminante se desplaza hacia barrios periféricos y áreas metropolitanas de las mismas. Del mismo modo y por efecto de las brisas marinas, acaba concentrándose en zonas costeras, aunque allí apenas existan focos contaminantes.
Actualmente este es un fenómeno que se ha generalizado en muchas ciudades de Europa, Estados Unidos y Japón, comenzando a aparecer en algunas ciudades de países en vías de desarrollo. En este año 2003, a lo largo de la ola de calor que ha afectado a la práctica totalidad de Europa durante parte de los meses de Julio y Agosto, el nivel de ozono troposférico se ha disparado en muchas ciudades del Sur y, en otras del Norte, donde se da de forma esporádica, ha aparecido en un número considerable de veces. Cabe destacar, por ejemplo, la ciudad de Sevilla, donde, hasta el 15 de Agosto, se superó el umbral de los 180 mg/m 3 en 85 ocasiones, mientras que en al año 2002 fue superado 24 veces y en el 2001, tan solo dos, siendo el año 1987 el que más ocasiones, 37, había sufrido la presencia elevada de ozono, coincidiendo con otra ola de calor.
El ozono es un producto extremadamente oxidante, propiedad de la cual derivan los efectos negativos sobre la salud humana. A partir de los 120 mg/m 3 y, principalmente sobre grupos de riesgo como ancianos, niños y personas con enfermedades en el sistema respiratorio, el ozono provoca irritaciones en los ojos, fosas nasales, garganta y bronquios, causando inflamaciones en mucosas y conjuntiva.
En situaciones de concentraciones muy elevadas, provoca dificultades respiratorias, dolores pectorales, tos, nauseas, dolor de cabeza, etc. e incrementa la susceptibilidad de las personas a las infecciones pulmonares. Según las conclusiones derivadas del proyecto APHEA, que supuso el estudio de los efectos a corto plazo de la contaminación atmosférica urbana en 15 ciudades europeas, la exposición prolongada a elevados niveles de ozono es responsable de la mortalidad de entre el 2% y el 12% en la Unión Europea. Del mismo modo, un reciente estudio financiado por la Comunidad de Madrid y realizado por un equipo de especialistas de la Universidad Complutense de Madrid, la Pontifica de Comillas y la de Granada, ha demostrado la relación directa entre la presencia de ozono y el incremento de muertes por enfermedades circulatorias y respiratorias, principalmente en épocas de olas de calor, o sea, temperaturas superiores a los 35º durante varios días.
Sobre los animales, los efectos son muy similares, aunque no se encuentran tan estudiados como en el caso del hombre. Para las plantas es altamente tóxico; afecta a las paredes celulares, disminuye la actividad fotosintética y perjudica su crecimiento, provocando daños a bosques, cosechas, parques urbanos, etc. Además, al ser un reactivo químico energético, es capaz de atacar superficies de diversa naturaleza; pinturas, plásticos, obras de fábrica, celulosa, caucho, textiles, etc.
Para luchar contra esta situación, se encuentran establecidas una serie de normativas de ámbito europeo, nacional y autonómico con el objetivo de medir y controlar periódicamente los niveles de ozono en la atmósfera, así como informar a la población de los episodios de altas concentraciones, ya que todavía no están establecidas ni normalizadas medidas reales y eficaces para atajar la emisión de los agentes precursores de este tipo de contaminación. En la tabla adjunta se muestran los valores vigentes referentes a información a la población contemplados en el Real Decreto 1.494/1995, que establece umbrales de protección para el ozono como contaminante.
Recientemente, el parlamento europeo ha aprobado una nueva normativa con el objetivo de reforzar los sistemas de control y alerta ante la contaminación del aire por las concentraciones de ozono. Establece que en el año 2010, la concentración máxima, para garantizar la salud humana, a partir de la cual será necesario avisar a la población, será de 120 mg/m 3 , cantidad que no podrá superarse más de 25 días al año durante un periodo de 8 horas. El nivel de alerta, a partir del cuál será necesario tomar medidas, se fijará en 240 mg/m 3 .
La obligación de informar a la población cuando se rebasan los niveles fijados está orientada a prevenir a las personas que forman parte de los grupos de riesgo de los posibles efectos directos. Desde algunos grupos ecologistas y colectivos vecinales se presentan quejas por el incumplimiento de estas premisas, algo que, según estos, ocurre con demasiada frecuencia, sobre todo en ciudades de Andalucía.
Como consecuencia de esta compleja situación, la prevención a la misma es igualmente compleja. En principio, la medida más razonable es reducir la emisión de agentes contaminantes, nitrógeno y compuestos organovolátiles, a la atmósfera, lo que se conseguiría mediante la aplicación de medidas encaminadas a la reducción del tráfico de vehículos y de las emisiones contaminantes de la industria, pero esto es hoy en día una utopía, así que por el momento, este problema se presenta como una más de las características habituales de las épocas estivales.
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