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La
familia botánica Oleaceae está compuesta por 29 géneros
de especies de plantas caracterizadas por ser árboles y arbustos
que habitan en regiones tropicales y templadas y producen aceites esenciales
en sus flores o frutos. Destacan en esta familia especies como el olivo
(Olea europaea), jazmín (Jasminun), lilo (Syringa),
fresno (Fraxinus excelsior) y aligustre (Ligustrum vulgare).
De
todas las especies, el olivo es la única especie que produce un
fruto comestible, del cual, como es bien sabido, se obtiene el aceite
de oliva. Las primeras evidencias a cerca de los orígenes de su
cultivo datan de hace unos cinco mil años, en el Cáucaso
y, en la actualidad, se encuentra extendida por todo el área mediterránea,
destacando principalmente las extensiones cultivadas de España,
Italia y Grecia.
El
olivo cultivado es un árbol de tamaño mediano, de 4 a 8
metros de altura, aunque asilvestrado puede alcanzar los 7-10 metros.
Tiene una gran longevidad, ya que pueden tener una vida de cientos de
años.
El
tronco es grueso y retorcido y, la corteza, de color gris a verde grisáceo.
La copa redondeada y densa, aunque las prácticas de poda las aclaran
para permitir la penetración de la luz. Las hojas del Olivo son
persistentes, duran de dos a tres años y destacan por ser simples
de forma lanceolada y de bordes enteros.
La
profundidad, longitud y ramificación de sus raíces dependen
del tipo de suelo, aireación y contenido de agua.
La flor del olivo es pequeña y con simetría regular, de
color blanco-verdos-amarillento. El gránulo de polen producido
es pequeño, de 18 a 22 µm de diámetro, de superficie
reticulada gruesa. El fruto obtenido, la aceituna, una vez madura es negra,
violácea o rojiza, está formada por el hueso, la pulpa,
de donde se extrae el aceite y, la piel.
Una
de las zonas del mundo con mayor superficie olivarera es Andalucía,
donde existen lugares en Jaén y el sur de Córdoba donde
esta especie es prácticamente el único cultivo. Se adapta
perfectamente a todo tipo de suelos, es resistente al calor y la sequedad,
pero es muy sensible al frío, especialmente a las heladas, por
lo que al penetrar hacia el interior de la Península aparece únicamente
en zonas a baja cota abrigadas y soleadas.
El polen del olivo, junto con el de gramíneas, ha sido reconocido
como uno de los más alergógenos en la Europa mediterránea,
por lo cual, en las zonas de máximo cultivo, se presenta periódicamente
y, en un gran abanico de la población, molestos episodios de alergia
que, gracias a estudios y campañas preventivas, se encuentran cada
vez más controlados.
El polen de olivo se detecta en la atmósfera durante todo el periodo
de polinización que abarca prácticamente los meses de abril,
mayo y junio, aunque se dan casos esporádicos de aparición
en verano y otoño. Las concentraciones máximas se registran
generalmente durante el breve periodo máximo de polinización,
que puede situarse normalmente durante la primera quincena de mayo, aunque
existen variaciones según la climatología de la temporada,
la zona de cultivo, etc.
Los
granos de polen de olivo son prácticamente esféricos, con
un tamaño de 18 a 25 mµ, con una superficie formada por una
red de retículas amplias e irregulares que contienen gran número
de poros.
Al
igual que otras muchas especies vegetales, el olivo emplea el viento como
medio principal para transportar el polen, polinización entomófila,
y asegurar su reproducción. De este modo, durante unos meses, millones
de granos de polen flotan en el aire buscando fecundar flores femeninas
y produciendo en algunas personas sensibles, las reacciones alérgicas
típicas de la primavera. También, pero en menor cantidad
y sin provocar alergias, el transporte se realiza a través de los
insectos, polinización anemófila.
En las zonas geográficas de grandes cultivos, como Andalucía,
aparecen episodios de alergias al polen de olivo en un 30-40% de los individuos
sensibles a alergias en general. En la mitad norte de España apenas
supone un 3% del total de pacientes sensibles de alergia, y en la mitad
Sur, Centro y Comunidad Valenciana supera el 50% del total, lo cual supone
más del 10% de la población española.
Los
síntomas que aparecen más habitualmente son rinitis (picor
nasal, agüilla profusa, estornudos y obstrucción de la nariz),
conjuntivitis (picor de ojos, hinchazón de los ojos, coloración
rojiza de la conjuntiva, lagrimeo y sensación de arenilla en los
ojos), asma (pitidos en el pecho, expectoración, tos y fatiga)
y, en general, malestar (cansancio, depresión, fiebre, etc.).
En cualquier caso, las personas alérgicas cuentan con vacunas para
la alergia al polen de olivo formadas por extractos de proteínas
de polen que generan una tolerancia del sistema inmune, con lo cual no
padecerán los efectos desagradables de sus alergias.
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