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La
historia de la humanidad, y por tanto la del Universo, es la historia
del cambio. En el tiempo todo cambia, pero lo que produce traumas
es la velocidad del cambio. Así como el proceso de la evolución
ha sufrido traumas y extinciones masivas, por un meteorito, nuestra
civilización ha sufrido tambien cambios traumáticos.
La
aplicación mecánica de la energía de la combustión inició la revolución
industrial, oscureció el cielo de Inglaterra, y alteró el
mundo.
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El motor de combustión interna precipitó
un nuevo cambio.
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Antes
fue sólo la combustión del carbón y de la leña, pero el motor de combustión
interna comenzó a quemar petróleo.
A
comienzos del presente siglo, nadie podía prever el impacto que causaría
el motor Otto. En
los Estados Unidos, donde hoy en día se venden algo más de
16 millones de automotores al año, había 17 millones de caballos.
Hoy circulan en el mundo 500 millones de automotores y operan más
de 100 millones de motores de combustión interna en una gran variedad
de usos que van desde cortadoras de césped hasta aviones, y todos
queman petróleo. A partir de la segunda década del siglo que termina,
la motorización ha sido masiva y acelerada. Era inevitable que la
humanidad tomara conciencia de que las sustancias producto de sus
actividades afectan el medio ambiente.
La
motorización masiva y el aumento de los desechos contaminantes de
la industria en general, y la química en particular, adquirieron
proporciones
alarmantes. En el caso de la
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combustión
del petróleo además había
agravantes.
Con un contenido de energía más alto que, el que posee la dinamita,
los derivados del petróleo son un combustible irremplazable en el
transporte.
Teóricamente,
el quemar gasolina, con una combustión perfecta, produciría sólo calor,
agua y anhídrido carbónico. Sin |