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La
limpieza de las ciudades no es sólo una necesidad estética
sino también higiénica y de protección medioambiental.
Si damos una vista atrás, encontramos que en los siglos XV
y XVI existían reglas de policía urbana compatibles con las
costumbres de la época y que se inspiraban en los códices
musulmanes. Era habitual la limpieza de las calles por los
propios vecinos, el traslado ocasional de las basuras a las
afueras de la ciudad y el reparto de los costes entre los
ciudadanos.
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Francisco Sabatini propició
en Madrid las teorias higienistas.
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Hacia
el s.XVII se generalizó en España la contribución del clero
y la nobleza, exentos hasta entonces, en el coste de la limpieza
urbana, posibilitando las primeras contratas a mediados del
s.XVIII. La limpieza y el barrido de las calles se realizaba
semanalmente en las zonas centrales de las ciudades y con
frecuencia quincenal en los barios.
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Estas
actividades, unidas a las acciones de los ciudadanos, configuraban
la estructura de los servicios de limpieza.
A
inicios del s.XIX, la ocupación francesa y las profundas transformaciones
sociopolíticas que la siguieron dieron entrada a una corriente
higienista que fomentó la mejora de los procedimientos y exigencias
medioambientales, y entre ellos los de la limpieza urbana.
Pero con la profunda decadencia que experimentó el país posteriormente,
estos avances sufrieron una congelación y retroceso que han
persistido hasta los primeros años de este siglo.
Con la llegada del s.XX se inicia la organización
y mecanización de las operaciones de limpieza urbana. En un
primer momento se pusieron en marcha mecanismos arrastrados
por caballerías, pero precisamente el propio caballo fue la
causa de que se diese una mayor importancia a la limpieza
urbana, ya que sus excrementos proliferaron de forma alarmante
en la vía pública, un verdadero problema medioambiental y
de calidad de vida que hizo preciso dotar a las ciudades de
métodos más eficaces de barrido para retirar tanto residuo.
Posteriormente, con el desarrollo de la industria automovilística
por parte de Daimler, Ford, Royce, Peugot y otros, los vehículos
de motor van tomando el relevo, que tiene lugar de manera
definitiva a partir de la segunda década de siglo.
La tecnología se asienta en la limpieza viaria y surgen nuevos
ingenios emulando a la barredora mecánica. El baldeo, el uso
de agua a alta presión, el uso de la aspiración neumática
y otras disciplinas, se ponen al servicio
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Mecanización en la limpieza viaria.
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de
los municipios para ayudar a resolver los problemas básicos
de limpieza urbana que se les presentaban en aquellos tiempos.
Hoy en día, nuevos problemas medioambientales de mayor incidencia
en la calidad de vida ciudadana y en la utilización equilibrada
de los recursos naturales hacen que la limpieza urbana siga
mereciendo una atención constante potenciada por las nuevas
necesidades ciudadanas. La correcta gestión de estos servicios
precisa de un tratamiento interdisciplinar, complejo y coordinado,
de todos los diversos y variados aspectos que inciden en el
ensuciamiento y en la limpieza de las ciudades españolas.
Redacción
Ambientum
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