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Las
aguas superficiales son un componente esencial del ciclo del
agua en la troposfera. Sólo el 0,7% del agua de la Tierra
es dulce y se encuentra en forma de lagos, ríos, acuíferos
y vapor.
Los ríos son un claro ejemplo de aguas superficiales. Se definen
como la corriente natural de agua que fluye por un lecho,
desde un lugar elevado a otro más bajo. La gran mayoría de
los ríos desaguan en el mar o en un lago, aunque algunos desaparecen
debido a que sus aguas se filtran en la tierra o se evaporan
en la atmósfera. Se constituyen como una importante fuente
de suministro de agua para usos agrícolas y domésticos.
En la tabla, "Principales ríos del mundo", se clasifican los
ríos de más longitud del mundo. Destacan el Nilo, África,
con una longitud de 6.680 kilómetros y el Amazonas, América
del Sur, con 6.500 kilómetros de longitud.
Tal y como hemos comentado, el agua dulce también se encuentra
en forma de lago. Nos referimos a lago cuando hablamos de
agua dulce o salada, más o menos extensa, embalsada en tierra
firme. Las cuencas de los lagos pueden formarse debido a procesos
geológicos como son la deformación o la fractura de rocas
estratificadas o fallas, y por la formación de una represa
natural en un río debida a la vegetación, un deslizamiento
de tierras, acumulación de hielo o la deposición de aluviones
o lava volcánica, lagos de barrera. Las glaciaciones también
han originado lagos, ya que los glaciares excavan amplias
cuencas al pulir el lecho de roca y redistribuir los materiales
arrancados. Otros lagos ocupan el cráter de un volcán dormido
o extinto; son los denominados lagos de cráter.
En la tabla "Principales lagos del mundo", se enumeran los
lagos más grandes de la Tierra. Entre ellos destacan el Lago
Superior situado en América del Norte con una superficie de
82.700 km2, y el Lago Victoria en África Oriental
con 68.100 km2.
Estos datos complementan el grupo de artículos "El agua en
su estado natural".
Redacción
Ambientum
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