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El cambio climático fue determinante para acabar con el Imperio Romano

Internacional


abc.es / PEDRO GARGANTILLA


redaccion@ambientum.com


En el siglo III el clima cambió, se produjeron grandes sequías, descensos bruscos de la temperatura y precipitaciones intensas en periodos más irregulares. A esto hay que añadir que entre los años 235 y 285 hubo hasta cinco erupciones volcánica

El cambio climático fue determinante para acabar con el Imperio Romano

El clima y las civilizaciones siempre han ido de la mano. De una forma u otra las condiciones climatológicas han condicionado nuestra forma de vida. Por ejemplo, fue un estrés climático lo que estimuló las innovaciones y facilitó la transición de la prehistoria a la historia. La revolución neolítica, el inicio de la agricultura, tan sólo fue posible con el paso de un ambiente frío y seco a un ambiente cálido y húmedo.

De forma paralela, el declive de las grandes civilizaciones ha estado vinculado en muchas ocasiones a cambios climáticos extremos, desde sequías hasta glaciaciones, pasando por inesperadas inundaciones o erupciones volcánicas. Todos estos desastres naturales afectan al abastecimiento del agua y a la economía, lo cual se traduce en inestabilidad social y política.

La expansión del imperio romano, desde el 100 a.C hasta el 200 d.C, coincidió con una estabilidad climática y un nivel bajo de actividad volcánica. Los estudios indican que bajo el mandato del emperador Augusto las temperaturas estivales medias eran, al menos, un grado superior a la media climática actual.

Los veranos cálidos y húmedos, seguidos de inviernos templados, caracterizados por una escasa variabilidad en las condiciones meteorológicas, fortalecieron la economía y permitieron la prosperidad del comercio. Durante esta época el cultivo de la vid se extendió a gran parte de Alemania e, incluso, de Inglaterra. La bonanza climática se tradujo en abundantes y regulares cosechas de cereales en los “graneros imperiales” (Hispania, Egipto), lo cual favoreció la expansión del Imperio.

Los científicos son capaces de reconstruir el clima del Viejo Continente durante los dos últimos milenios gracias a la información que obtienen tras analizar los movimientos glaciales en los Alpes, los registros de sedimentos en lagos de Asia y Europa, ciertos minerales en cuevas de Austria y Turquía… Además, los dendroclimatólogos analizando los patrones de crecimiento de los anillos de los árboles son capaces de inferir la temperatura de un momento determinado, con un error de unos diez años. Las malas condiciones climáticas se traducen árboles con estrechos anillos de crecimiento.

La conspiración del clima

En el siglo III el clima cambió, se produjeron grandes sequías, descensos bruscos de la temperatura y precipitaciones intensas en periodos más irregulares. A esto hay que añadir que entre los años 235 y 285 hubo hasta cinco erupciones volcánicas. El clima se hizo más frío y seco, empeoró la producción de alimentos, lo cual propició que los tributos e impuestos destinados a Roma se fueran menguando progresivamente. El cambio climático puso en jaque la economía imperial y el Imperio se fue debilitando lentamente.

Los inviernos se hicieron especialmente más rigurosos en las zonas del norte de Europa y las malas cosechas espolearon a los bárbaros a atravesar los ríos Rhin y Danubio e internarse en las zonas del sur de Europa, en donde las condiciones climáticas eran más favorables. Los pueblos del norte presionaron también las fronteras de los imperios sasánida y gupta.

Fue imposible contener, ni mediante la fuerza ni con la diplomacia, las masivas migraciones de los pueblos germanos. Los galos llegaran a Hispania en el 260 y tres años después los godos tomaron Efeso, en la actual Turquía; en el 410 los visigodos, comandados por Alarico I, saquearon por vez primera Roma. A partir de entonces nada volvería a ser igual, la civilización romana estaba herida de muerte.

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